Chapter 2 - El vaso de cristal y la indiferencia

El reloj de pared marca las siete y catorce.
El péndulo va y viene.
Tictac.
Tictac.
Mateo apoya la espalda contra la pared del pasillo.
El vaso de cristal está frío contra sus nudillos.
Mira a su hija en el suelo.
Sofía intenta levantarse.
Sus pies descalzos resbalan en el charco de agua.
Cae de rodillas otra vez.
El impacto suena hueco contra el suelo.
Plaf.
—Mateo, dile algo —dice Berta sin mirarlo.
La anciana se limpia las manos con un pañuelo de encaje.
—Esta niña es igual a su madre. Delicada. Inútil.
Mateo no mueve un solo músculo de la cara.
Da otro trago a su bebida.
El hielo toca sus dientes.
—Tiene fiebre, mamá —dice Mateo.
Su voz no tiene fuerza.
Es un susurro desganado.
Como si estuviera hablando del clima o del tráfico.
—La fiebre se quita trabajando —responde la madre.
Berta le da una patada suave al cubo de plástico.
El cubo se tambalea.
Una gota de agua sucia cae sobre el pie de Sofía.
La niña no llora con fuerza.
Solo hipa.
Un sonido pequeño. Como un pájaro atrapado en una caja.
—Papá... —susurra la niña desde el suelo.
Alza la mano derecha.
Sus dedos pequeños están arrugados por el agua y el frío.
Busca la mirada del hombre.
Mateo mira hacia el techo.
Observa una mancha de humedad en el yeso.
—Haz lo que dice tu abuela, Sofía. No hagas drama.
Sofía baja la mano.
La aprieta contra su pecho húmedo.
"Si no miro a la pared, el dolor no existe", piensa la niña.
Es el juego que inventó la semana pasada.
Cuando se cae, mira una grieta.
Cuenta hasta tres.
Si no mira la sangre, la sangre no pica.
Pero hoy no hay sangre.
Solo hay agua fría.
Y la espalda de su padre girándose hacia la cocina.
Berta sonríe con amargura.
Se acerca a la niña y le aprieta el hombro otra vez.
—Aprende bien. En esta casa nadie vive gratis.
El pomo de la puerta principal empieza a girar.
Un chasquido metálico rompe el silencio del recibidor.
Clac.
La puerta se abre de golpe.
El aire frío de la calle entra en el vestíbulo.
Una mujer se detiene en el umbral.
Lleva un abrigo negro pesado sobre una blusa de seda.
Un bolso de cuero marrón cuelga de su hombro izquierdo.
Su rostro muestra el cansancio de doce horas de trabajo.
Tiene ojeras marcadas debajo de los ojos verdes.
Pero al cruzar la puerta, su cuerpo se congela.
El bolso de cuero resbala de su hombro.
Cae al suelo con un golpe sordo.
Thump.
Valeria mira el pasillo.
Mira el suelo mojado.
Mira el trapo gris.
May you like
Y luego mira a su hija, tiritando de frío, arrodillada a los pies de Berta.
---