Chapter 8 - La llamada a la medianoche

Las tres de la mañana.
El goteo del suero es constante.
Plop.
Plop.
Sofía duerme tranquilamente.
La fiebre ha bajado a 37.8 gracias a los medicamentos.
Su respiración es más regular.
Valeria está sentada en el sillón de reclinable junto a la ventana de la habitación.
La luz de la luna entra a través de las persianas a medio cerrar.
Crea barras de sombra sobre la pared.
El teléfono vuelve a vibrar.
Esta vez es un número fijo.
El teléfono de la casa.
Valeria duda cinco segundos.
Luego contesta.
No dice nada.
Solo escucha.
Al otro lado de la línea se oye el ruido de un cristal rompiéndose.
Y luego la voz ebria de Mateo.
—Valeria... —arrastra las palabras—. Vuelve a casa. Mi madre está preparando la maleta. Se va a ir a un hotel.
Valeria escucha en silencio.
—Dice que eres una salvaje —continúa Mateo—. Pero yo sé que estabas enojada. Si vuelves ahora, podemos olvidar lo que pasó. No diré nada de la bofetada.
—¿No dirás nada? —pregunta Valeria con voz helada.
—Fue un malentendido, Valeria. Mamá solo quería que la niña aprendiera a ser limpia. Tú sabes cómo es la educación antigua.
Valeria se levanta del sillón.
Camina hacia la ventana.
Mira los coches vacíos en el aparcamiento del hospital.
—Mateo —dice ella—. Tu madre le tiró agua helada a tu hija mientras tenía casi cuarenta de fiebre.
—Estaba exagerando...
—Y tú te quedaste mirando con un vaso de whisky en la mano —lo interrumpe Valeria.
Se oye un silencio al otro lado de la línea.
Solo la respiración pesada de Mateo.
—Eres un cobarde, Mateo. Siempre lo fuiste.
—¡No me hables así! —grita él, recuperando un destello de rabia ebria—. ¡Soy el padre de esa niña! ¡Tengo derechos!
—Ya no —dice Valeria.
—¿Qué dices?
—Mañana a primera hora mi abogado presentará la demanda de divorcio y una orden de alejamiento por violencia intrafamiliar. El informe médico de la clínica ya está redactado.
—No te van a creer —dice Mateo, aunque su voz suena temblorosa—. Es mi palabra y la de mi madre contra la tuya.
Valeria mira a Sofía.
La niña duerme plácidamente, sujetando a su oso de peluche viejo con el brazo donde tiene la vía puesta.
—No es solo mi palabra, Mateo.
—¿Ah no? ¿De quién más?
—De la cámara de seguridad que instalé en el pasillo la semana pasada —miente Valeria con una serenidad pasmosa.
El silencio al otro lado de la línea se vuelve absoluto.
Ni siquiera se escucha la respiración de Mateo.
—Tengo grabado cada segundo —continúa Valeria—. El agua. El arrastre por el suelo. Tu cara de indiferencia. Todo.
—Valeria... no hagas eso... —susurra Mateo.
La voz del hombre se ha quebrado por completo.
El miedo ha vuelto.
—No me vuelvas a llamar —dice Valeria.
Cuelga la llamada.
Apaga el teléfono.
Lo deja sobre la mesa de noche.
Se sienta al lado de la cama de Sofía.
Le toma la mano pequeña.
La piel de la niña ya no quema.
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Está tibia.
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