Chapter 10 - El trapo seco

Tres días después.
El coche de la tía Elena se detiene frente al portal del edificio.
Valeria baja del asiento del copiloto.
Lleva gafas de sol oscuras.
Sofía se queda en el asiento trasero, jugando con un muñeco de trapo que le regaló su tía.
—¿Quieres que vaya contigo? —pregunta Elena desde el volante.
—No —responde Valeria—. Tardaré cinco minutos.
Camina hacia la entrada del edificio.
Sube las escaleras de dos en dos.
Sus pasos resuenan firmes sobre los peldaños de piedra.
Llega al tercer piso.
Frente a la puerta de su antiguo hogar.
El cerrajero ya está allí, esperándola con su caja de herramientas en el suelo.
—¿Señora Valeria? —pregunta el hombre.
—Sí. Cambie la cerradura ahora mismo.
El hombre asiente y empieza a trabajar con el destornillador.
Clac-clac.
La puerta se abre.
El interior del apartamento está a oscuras.
Las persianas están bajas.
Hay un olor rancio a alcohol y a cigarrillo.
Valeria entra.
En el pasillo, las maletas de Berta están alineadas junto a la pared.
Tres maletas grandes de cuero viejo.
Mateo está sentado en el sofá beige.
Lleva la misma camisa azul de hace tres días.
Está arrugada. Sucia.
Tiene la barba de tres días y los ojos hundidos.
Al ver entrar a Valeria, se levanta de golpe.
—Valeria... —dice con la voz ronca—. Por favor. Hablemos.
Valeria no responde.
Abre la puerta principal de par en par.
Toma la primera maleta de Berta por el asa.
La arrastra hacia el pasillo exterior.
—¡Oye! ¡No puedes hacer eso! —grita Berta, saliendo de la cocina.
La anciana lleva un abrigo puesto, lista para irse, pero su rostro está pálido.
—Las maletas se quedan afuera —dice Valeria con serenidad fría—. Y ustedes dos tienen tres minutos para seguir a sus cosas antes de que el cerrajero cierre la puerta por fuera.
—¡Te voy a demandar! —chilla la anciana—. ¡Esta es la casa de mi hijo!
—La casa está a mi nombre —repite Valeria—. El abogado ya presentó los papeles de la propiedad al juez. No tienen nada aquí.
Mateo da un paso hacia Valeria.
Intenta tocarle el brazo.
—Valeria... yo te amo. Cometí un error. Mi madre me confundió...
Valeria se gira y lo mira a los ojos.
No hay rabia en su rostro.
Solo una indiferencia tan profunda y vasta que Mateo se detiene en seco.
Es la misma mirada que él le dedicó a su hija cuando estaba tirada en el suelo.
—No me me toques —dice Valeria.
Mateo baja la mano.
El cerrajero termina de instalar el nuevo cilindro en la puerta.
Click.
—Listo, señora —dice el técnico desde el pasillo.
Valeria toma el bolso de cuero marrón que dejó tirado la noche de la agresión.
Está en la esquina del recibidor.
Lo recoge.
Al lado del bolso, en el suelo, aún está el trapo gris.
El trapo con el que Sofía intentó limpiar el agua fría.
Está completamente seco.
Valeria se agacha.
Toma el trapo con dos dedos.
Camina hacia la papelera de la cocina y lo tira dentro.
Luego mira a Mateo y a Berta.
—Fuera.
Mateo mira a su madre.
Berta mira el suelo.
Ninguno de los dos dice una sola palabra.
Caminan hacia la salida con los hombros caídos.
Berta arrastra sus maletas por el pasillo del edificio.
El sonido de los tacos viejos se va perdiendo en la distancia.
Tac.
Tac.
Tac.
Valeria sale al pasillo.
El cerrajero le entrega las llaves nuevas.
Tres llaves doradas y brillantes sobre un aro de metal.
Valeria cierra la puerta de un tirón.
¡CLAC!
El sonido del cerrojo encajando resuena en todo el piso.
Baja las escaleras despacio.
Sale a la calle.
El aire fresco del mediodía le llena los pulmones.
Camina hacia el coche de Elena.
Abre la puerta trasera y se sienta al lado de Sofía.
La niña la mira con sus grandes ojos claros.
—¿Ya terminamos, mamá? —pregunta Sofía.
Valeria guarda las llaves nuevas en el bolsillo de su abrigo.
Le acomoda el cabello a su hija detrás de la oreja.
—Sí, mi amor. Ya terminamos.
El coche arranca.
Las ruedas giran sobre el asfalto seco.
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Sofía mira por la ventana trasera cómo el edificio viejo se va haciendo cada vez más pequeño.
Hasta que desaparece por completo al doblar la esquina.