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Las Huellas del Agua Fría / Chapter 5 / 10

Chapter 5 - El refugio de lana

La manta cae sobre los hombros de Sofía.

Valeria envuelve a la niña con delicadeza extrema.

Como si estuviera manipulando una figura de porcelana fina.

Cubre sus brazos húmedos.

Cubre sus pies descalzos y fríos.

La levanta en brazos.

El cuerpo de Sofía pesa muy poco.

Demasiado poco para una niña de seis años.

Sofía esconde la cara en el cuello de su madre.

Busca el calor.

Busca el olor familiar a lavanda y crema de manos.

—Mamá... —susurra la pequeña.

—Ya pasó, mi amor —dice Valeria.

Camina hacia la puerta de salida.

Pisa el bolso marrón que dejó caer al entrar.

Ni siquiera se molesta en recogerlo.

Berta se interpone en su camino cerca del marco de la puerta.

La anciana tiembla de rabia, pero sus ojos muestran miedo.

—No te vas a llevar a mi niñera... digo, a mi nieta —se corrige torpemente Berta.

Valeria se detiene.

La mira desde arriba.

—Apártate, Berta.

—Si cruzas esa puerta, no vuelves a pisar esta casa —amenaza la anciana.

Valeria deja escapar una risa corta.

Una risa sin alegría.

—Esta casa está a mi nombre, Berta.

La anciana se queda helada.

—Mañana a las nueve de la mañana viene el cerrajero —continúa Valeria—. Y si tus cosas no están en la calle para mediodía, las tiraré por el balcón.

Pasa por el lado de Berta, golpeando el hombro de la anciana con el suyo.

Berta se tambalea, pero no dice nada más.

Mateo sigue en el suelo.

Mirando fijamente la mancha de agua.

—Mateo... —susurra Berta—. Haz algo.

El hombre no se mueve.

Se toca la cara.

La piel le arde como si le hubieran puesto una plancha caliente.

Valeria sale al pasillo del edificio.

La luz fluorescente del descansillo parpadea.

Bzzzt.

Bzzzt.

El frío de la noche fuera del apartamento es diferente.

Es un frío limpio.

No huele a rancio.

Sofía levanta la cabeza del hombro de su madre.

Mira hacia la puerta abierta del apartamento que dejan atrás.

—Mamá —susurra la niña.

—Dime, cielo.

—La abuela dijo que el agua fría quita la fiebre.

Valeria aprieta el agarre alrededor del cuerpo de la niña mientras baja los escalones.

—La abuela miente, Sofía.

—¿Y por qué me echo agua si miente?

Valeria hace una pausa en el primer descanso del edificio.

Besa la frente ardiendo de su hija.

—Porque la gente que tiene el corazón duro piensa que el agua helada puede ablandar a los demás.

Sofía lo piensa un momento.

Sus pestañas húmedas se mueven despacio.

—Mi corazón no es duro, mamá. Es de gel. Como el parche.

Valeria sonríe en la oscuridad del pasillo.

Una lágrima solitaria corre por su mejilla.

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—Lo sé, mi amor. Lo sé.

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