Chapter 1 - El Pupitre del Fondo

La tiza se rompió contra la pizarra.
Un pedazo cayó al suelo. Nadie lo recogió.
La maestra Elena Duarte no se agachó a buscarlo.
Llevaba el cabello negro recogido, los lentes de marco oscuro resbalando por la nariz, y ese cárdigan azul marino que usaba los lunes, como si el color le diera autoridad.
Nueve de la mañana.
Fila tres, pupitre catorce, un niño dormía sobre los brazos.
Se llamaba Tomás. Tenía el cabello castaño y rizado, la capucha gris subida a medias, un lápiz sin punta entre los dedos.
—Tomás.
Silencio.
—Tomás, siéntate derecho.
El niño no se movió.
Los demás alumnos sí. Veintitrés cabezas giraron, como girasoles buscando el escándalo.
Sofía, la niña del pupitre de al lado, trenzas castañas, uniforme con una mancha de plumón azul en el bolsillo, lo empujó con un dedo.
—Tomás.
Nada.
Elena cerró el libro de matemáticas de golpe. El sonido rebotó en las paredes como un disparo pequeño.
—A ver, jovencito.
Caminó entre las filas. Sus tacones marcaban el compás: uno, dos, tres.
Se detuvo frente al pupitre catorce.
Miró el reloj de pared. Las nueve y dos minutos.
Ocho horas de clase por delante y un niño que ya llegaba dormido.
—No estoy para juegos hoy.
Golpeó el pupitre con dos dedos, tres veces, seco.
—Despierta.
El sonido del golpe se quedó flotando un segundo más de lo normal.
Nadie respiró fuerte. Ni siquiera el reloj, que llevaba tres años sonando distinto a los minutos reales, se atrevió a hacer ruido.
Elena entrecerró los ojos.
Volvió a mirar al niño.
La espalda de Tomás subía y bajaba. Eso, al menos, lo tranquilizó por dentro, aunque no lo dijo en voz alta.
—Última advertencia.
Se cruzó de brazos.
—Si no te sientas derecho ahora mismo, vas a la dirección.
En la fila de atrás, un niño de campera oscura se rio bajito, tapándose la boca con la manga.
Elena giró la cabeza hacia él con una mirada que cortaba.
El niño bajó la vista al cuaderno.
Volvió a mirar a Tomás.
Algo en la postura del brazo izquierdo le pareció raro. No sabía explicar qué. Era la clase de cosa que uno nota sin saber que la está notando.
Decidió no pensarlo.
Retomó la clase. Escribió en la pizarra: Multiplicación de fracciones.
La tiza chirrió.
—Saquen el cuaderno cuadriculado.
Veintidós cuadernos se abrieron. Uno, no.
Elena escribió tres ejercicios. Dictó las instrucciones sin mirar hacia atrás.
—Numeren del uno al tres. Resuelvan en silencio.
El aula se llenó de lápices rascando papel.
Todos menos uno.
Pasaron cuatro minutos. Elena corregía un cuaderno en su escritorio, marcando con birome roja, sin levantar la cabeza.
Sofía levantó la mano.
—¿Sí, Sofía?
—Seño.
—¿Qué pasa?
—Tomás no se mueve.
Elena no levantó la vista de inmediato.
—Está dormido, ya lo sé. Que despierte solo.
—No, seño.
Algo en la voz de la niña —un temblor pequeño, apenas una grieta— hizo que Elena por fin alzara los ojos.
—No se mueve nada.
Elena dejó la birome sobre el escritorio.
Se puso de pie.
Caminó otra vez entre las filas, más rápido esta vez, aunque todavía sin prisa real, todavía convencida de que era un niño flojo, un niño que jugaba, un niño que se hacía el dormido para no hacer fracciones un lunes.
Llegó al pupitre catorce.
Se inclinó.
—Tomás.
Nada.
—Mírame.
Nada.
—Deja de ignorarme.
Le tocó el hombro. La tela del buzo gris estaba fría, como si hubiera estado tocando una ventana en invierno.
Elena frunció el ceño.
Miró hacia la puerta, calculando cuántos segundos tardaría en llegar a la dirección si tenía que ir.
Volvió a mirar al niño.
Golpeó los nudillos contra la madera del pupitre, tres veces más, esta vez con más fuerza.
—Última vez que te lo digo.
El lápiz sin punta rodó de los dedos de Tomás y cayó al suelo.
Nadie lo recogió tampoco.
Rodó bajo el pupitre de Sofía y se detuvo contra la pata metálica, con un clic diminuto que en cualquier otro lunes habría pasado completamente inadvertido.
Ese lunes no.
Ese lunes, Elena Duarte, con veintidós años de aula encima, con la paciencia entrenada de quien ha visto mil excusas para no hacer la tarea, sintió algo que no supo nombrar todavía.
Un frío que no venía del aire acondicionado.
Se agachó un poco más.
Y fue entonces, apenas un segundo antes de que este primer capítulo termine, cuando notó la mano de Tomás.
La mano derecha, la que colgaba del borde del pupitre.
Los dedos no estaban quietos.
Temblaban.
Un temblor fino, casi imperceptible, como el de una hoja seca antes de caer del todo.
Elena se quedó mirando esa mano durante lo que pareció mucho más tiempo del que realmente duró.
Detrás de ella, el reloj de pared, el que sonaba distinto a los minutos reales, marcó las nueve y siete.
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Y en algún lugar de esa aula pequeña, con olor a tiza y a plumones, algo empezó a romperse en silencio.
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