Chapter 2 - Despierta

Los dedos de Tomás seguían temblando.
Elena no apartó la vista.
—¿Tomás?
Su propia voz le sonó extraña, como si perteneciera a otra persona, a una maestra más joven, menos segura de sí misma.
Se agachó del todo, hasta quedar a la altura del pupitre.
La mano del niño estaba cerrada, los nudillos blancos, aferrada al borde de madera como quien se sostiene de algo para no caer.
—Tomás, abre los ojos.
Nada.
Sofía, a su lado, había dejado de escribir. Tenía el lápiz suspendido en el aire, sin apoyarlo en el papel, como si moverse pudiera empeorar lo que fuera que estaba pasando.
—Seño —susurró—. Seño, ¿está bien?
Elena no respondió.
Puso una mano sobre el hombro del niño.
—Tomás. Te estoy hablando.
Nada.
Le tocó la mejilla, apartándole un mechón de pelo castaño de la frente.
La piel estaba fría. Más fría de lo que debería estar la piel de un niño de nueve años en un aula con calefacción.
Detrás de ella, veintiún pupitres habían dejado de fingir que hacían fracciones.
Todos miraban.
Un niño de la última fila, el de la campera oscura que se había reído minutos antes, ahora tenía la boca entreabierta, sin sonido.
—Sigan trabajando —dijo Elena, sin girarse, con una voz que no logró sonar tan firme como pretendía.
Nadie siguió trabajando.
Volvió a mirar a Tomás.
—Vamos, campeón. No es gracioso.
Le sacudió el hombro, suave primero, luego con más fuerza.
—Despierta.
Nada.
La mano del niño, la que temblaba, se aferró un poco más al borde del pupitre. Los nudillos, ya blancos, se pusieron más blancos todavía.
Elena sintió que el corazón le daba un salto raro, como cuando se pisa un escalón que no está.
—Tomás.
Le levantó apenas la cabeza, sosteniéndola por la barbilla.
Y entonces lo vio.
Los labios entreabiertos. Un hilo fino de saliva en la comisura. Los ojos, apenas visibles bajo los párpados entrecerrados, moviéndose de un lado a otro, rápido, sin control, como canicas rodando dentro de una caja.
Elena retrocedió.
No fue un paso calculado. Fue un tropiezo hacia atrás, torpe, humano, el cuerpo reaccionando antes que la mente.
Chocó contra el pupitre de Sofía.
—¡Seño!
Elena se llevó una mano a la boca.
El aire se le quedó atascado en algún lugar entre el pecho y la garganta.
—Dios mío.
Fue apenas un susurro, pero en el silencio del aula sonó como un grito.
Se recompuso —o lo intentó— y volvió junto al pupitre catorce.
—Tomás, mírame. Mírame, por favor.
Le tomó el rostro entre las manos.
La cabeza del niño se movió, laxa, como si no hubiera fuerza suficiente en el cuello para sostenerla.
—Alguien avise a la dirección —dijo, sin volverse, con una voz que ya no fingía calma—. Ahora.
Nadie se movió.
—¡AHORA!
Un niño salió disparado hacia la puerta, tropezando con una mochila abandonada en el pasillo, sin detenerse a recogerla.
Elena volvió a mirar la mano de Tomás.
El temblor había cambiado. Ya no era fino. Ahora era un espasmo entero, que le subía por el brazo, le sacudía el hombro, le torcía el cuello hacia un costado.
—Necesito ayuda —dijo Elena, y esta vez no era una orden a la clase. Era una confesión, dicha en voz alta, para nadie en particular.
Se arrodilló junto al pupitre.
—Tomás, soy yo. Soy la seño Elena. Estoy aquí.
El cuerpo del niño resbaló un poco hacia adelante, la frente casi tocando la madera.
Elena lo sostuvo con ambos brazos, torpe, sin saber bien dónde poner las manos, sin saber si sostenerlo ayudaba o empeoraba las cosas, sin saber nada, en realidad, salvo que veintidós años enseñando fracciones no la habían preparado para esto.
—Alguien traiga agua.
—Alguien abra la ventana.
—Alguien —repitió, y la palabra se le quebró en la garganta— traiga ayuda.
Sofía se había levantado del pupitre y estaba parada, inmóvil, con las manos apretadas contra el pecho.
—Seño, ¿se va a morir?
La pregunta cayó en el aula como una piedra en un estanque quieto.
Elena no respondió.
No porque no quisiera.
Sino porque, por primera vez en veintidós años de carrera, no tenía ninguna respuesta que dar.
Sostuvo a Tomás contra su pecho, sintiendo el temblor de su cuerpo pequeño, sintiendo el frío de su piel a través de la tela del cárdigan azul marino, y por la puerta del aula, todavía cerrada, no llegaba nadie.
Todavía no.
El reloj de pared marcó las nueve y nueve.
May you like
Afuera, en el pasillo, empezaron a escucharse pasos corriendo.
---