Chapter 4 - El Reloj de Rubén

Esa misma mañana, tres horas antes, en un departamento pequeño del quinto piso, sin ascensor, Rubén Alonso había apagado el despertador con la palma entera, sin abrir los ojos.
Cinco y media.
Había llegado de trabajar a las cuatro.
Se sentó en el borde de la cama. El colchón crujió.
En la habitación de al lado, Tomás dormía —o eso creía Rubén— con la puerta entreabierta, una luz de noche en forma de estrella proyectando puntitos amarillos en el techo.
Rubén se puso de pie. Los huesos le protestaron.
Fue a la cocina. Puso la pava al fuego. Mientras esperaba, se apoyó en la mesada y cerró los ojos, solo un momento, solo para descansar la vista.
Se durmió parado durante cuatro minutos.
El silbido de la pava lo despertó.
—Tomás —dijo, con la voz ronca del sueño—. Arriba, campeón. Escuela.
Entró al cuarto del niño.
Tomás estaba boca arriba, los ojos abiertos, mirando el techo.
—¿Ya estás despierto?
—No dormí —dijo el niño.
—¿Cómo que no dormiste?
—Tuve hambre.
Rubén sintió una punzada, la de siempre, la que sentía cada vez que su hijo decía esa frase.
—¿Por qué no me despertaste?
—Estabas cansado.
Rubén se sentó en el borde de la cama.
—Nunca estoy tan cansado como para eso.
Tomás no respondió. Se quedó mirando el techo.
—¿Comiste algo?
—Un poco de pan.
—¿Nada más?
Silencio.
Rubén se pasó una mano por la cara.
—Hoy cobro el jueves —dijo, más para sí mismo que para el niño—. El jueves compramos lo que quieras.
—No quiero nada.
—Tomás.
—Quiero que vengas a buscarme a la salida.
Rubén dudó.
—Hoy trabajo temprano.
—Siempre trabajas.
No lo dijo con enojo. Lo dijo como quien constata un hecho, la manera en que los niños dicen las verdades más duras: sin filtro, sin intención de herir, solo nombrando lo que ven.
Rubén no supo qué responder.
Fue hasta la cocina, sirvió dos vasos de leche, puso pan en la tostadora.
Tomás se sentó a la mesa, todavía en pijama, el pelo rizado despeinado hacia todos lados.
—Papá.
—¿Qué.
—¿Mamá también se olvidaba de comer?
Rubén se quedó quieto, la mano suspendida sobre la tostadora.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque vos decís que ella se enfermó por no cuidarse.
—Yo no dije eso.
—Sí dijiste. A la tía Carmen. Por teléfono.
Rubén cerró los ojos un instante.
—Comé tu pan.
—¿La extrañás?
—Comé.
Tomás mordió la tostada en silencio. Masticó despacio.
—Yo la extraño en las mañanas —dijo, sin mirar a su padre—. A la noche no tanto, porque duermo. Pero en la mañana sí.
Rubén se sentó frente a él.
—Yo también, hijo.
—¿Y por qué no lloras?
—A veces lloro.
—¿Cuándo?
—Cuando manejo el taxi. De noche. Cuando no hay pasajeros.
Tomás asintió, como si eso tuviera sentido, como si fuera información importante que guardar para después.
—¿Puedo faltar hoy?
—No.
—Me duele la panza.
—Siempre te duele la panza los lunes.
—Es verdad, siempre me duele.
Rubén sonrió, apenas, cansado.
—Vamos, vestite. Te llevo hasta la esquina, después seguís solo, que tengo que dejar el taxi en el taller antes de las siete.
Tomás se levantó de la mesa.
En la puerta de su cuarto, se detuvo.
—Papá.
—¿Qué.
—Si me pasa algo en la escuela, ¿vas a venir?
Rubén frunció el ceño.
—¿Por qué me preguntás eso?
—Porque a veces me mareo. En clase. Y no le digo a nadie.
—Tomás.
—Es solo un poco. Se me pasa.
Rubén cruzó la cocina en dos pasos y se arrodilló frente a su hijo.
—¿Desde cuándo te pasa eso?
—No sé. Hace tiempo.
—¿Por qué no me dijiste?
—Porque siempre estás cansado.
Esa frase —*siempre estás cansado*— se le clavó a Rubén en un lugar que no sabía que todavía dolía.
—Escuchame —dijo, tomando a su hijo por los hombros—. Si te mareás, le decís a la maestra. Enseguida. ¿Entendido?
—Va a pensar que miento.
—No va a pensar eso.
—Siempre piensa que miento.
Rubén no supo qué responder a eso tampoco.
Se puso de pie, le acomodó la capucha del buzo gris, le dio la mochila.
—Vamos. Se hace tarde.
Caminaron juntos hasta la esquina, en silencio, el sol apenas asomando entre los edificios, el aire todavía frío de la madrugada.
En la esquina, Rubén se agachó y abrazó a su hijo.
—Portate bien.
—Siempre me porto bien.
—Ya sé.
—¿Vas a venir a buscarme?
Rubén dudó, otra vez, esa duda que odiaba tener que sostener frente a su hijo.
—Voy a intentarlo.
Tomás asintió, sin sorpresa, como quien ya conoce la respuesta antes de escucharla.
Caminó hacia la escuela, la mochila más grande que su espalda, la capucha subida a medias.
Rubén se quedó mirándolo hasta que dobló la esquina.
No sabía que esa sería la última vez que vería a su hijo caminando por sus propios medios en mucho, mucho tiempo.
Miró el reloj.
Las siete y cuarto.
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Corrió hacia el taller, sin saber que a las nueve y nueve su teléfono empezaría a sonar sin parar.
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