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SILENCIO EN EL AULA 4B / Chapter 6 / 10

Chapter 6 - Pasillo B, Piso Tres

El Hospital General tenía un olor particular, una mezcla de alcohol, café de máquina y algo indefinible que Elena reconoció de inmediato, aunque no supo decir de dónde.

Se sentó en una silla de plástico naranja en el pasillo B, piso tres, con las manos entrelazadas sobre las rodillas.

Había seguido a la ambulancia en su propio auto, sin pedir permiso a nadie, sin pensar en las clases que dejaba sin cubrir, sin pensar en nada salvo en llegar antes de que las puertas de emergencias se cerraran del todo.

Una enfermera pasó, apurada, sin detenerse a responder preguntas.

Elena se puso de pie cada vez que alguien con guardapolvo cruzaba el pasillo, y volvía a sentarse cada vez que esa persona no se detenía frente a ella.

A las diez y veinte, Rubén Alonso entró corriendo por el pasillo, todavía con el uniforme del depósito, una mancha de grasa en la manga, el pelo pegado a la frente por el sudor.

—¿Dónde está mi hijo? ¿Dónde está Tomás Alonso?

Un médico salió a su encuentro.

—¿Usted es el padre?

—Sí, soy yo. ¿Dónde está?

—Está estable. Lo estamos revisando.

—¿Qué le pasó?

—Todavía estamos determinando eso. Necesito hacerle unas preguntas.

Elena se acercó, insegura de si tenía derecho a estar ahí, insegura de si debía hablar o quedarse callada.

—¿Tiene antecedentes de diabetes en la familia? —preguntó el médico.

Rubén parpadeó.

—No... no sé. Su mamá no tenía. Que yo sepa.

—¿Convulsiones anteriores?

—No.

—¿Últimamente lo notó más cansado de lo normal? ¿Sed excesiva? ¿Pérdida de peso?

Rubén se quedó callado un segundo demasiado largo.

—Sí —dijo, la voz quebrándose—. Sí, todo eso. Pensé que era... no sé qué pensé que era.

El médico anotó algo en una carpeta.

—Los primeros análisis sugieren un cuadro compatible con un episodio de hipoglucemia severa. Vamos a necesitar más estudios para confirmar si hay una diabetes de base no diagnosticada.

—¿Va a estar bien?

—Está estable ahora. Reaccionó bien al tratamiento inicial. Pero necesitamos observarlo, y necesitamos entender qué pasó antes de que llegara a la escuela.

Rubén se pasó las manos por la cara.

—Esta mañana... esta mañana me dijo que se mareaba en clase. Que no comía bien. Yo pensé...

No terminó la frase.

El médico asintió, sin juzgar, con la neutralidad entrenada de quien ha escuchado mil versiones de la misma culpa.

—¿Puedo verlo?

—En un momento. Todavía lo están estabilizando del todo. Denle unos minutos más.

El médico se fue.

Rubén se quedó de pie en medio del pasillo, como si las piernas hubieran olvidado cómo doblarse para sentarse.

Elena se acercó, insegura.

—Señor Alonso.

Rubén se giró. La reconoció, aunque no recordaba haberla visto nunca.

—Usted es la maestra.

—Elena Duarte. Soy la maestra de Tomás.

Rubén no dijo nada. La miró con algo que no era enojo, pero que tampoco era gratitud. Era, quizás, el vacío de quien no tiene espacio emocional para procesar una cara nueva en medio del peor día del año.

—Yo estaba ahí —dijo Elena—. Cuando pasó. Yo... lo sostuve hasta que llegó la ambulancia.

Rubén cerró los ojos.

—Gracias.

—No hice nada. No supe qué hacer.

—Se quedó con él —dijo Rubén—. Eso ya es más de lo que hace la mayoría.

Se sentaron juntos, en silencio, en las sillas naranjas del pasillo B, dos extraños unidos por un niño de nueve años al que ninguno de los dos sabía, todavía, si volverían a ver despierto.

—Esta mañana me preguntó si iba a venir a buscarlo —dijo Rubén, de pronto, sin mirar a Elena, con la vista clavada en la puerta cerrada al final del pasillo—. Le dije que iba a intentarlo.

Elena no supo qué responder.

—Siempre le digo que voy a intentarlo. Nunca le digo que sí. Porque siempre termino trabajando.

—Usted hace lo que puede.

—¿Alcanza con eso?

Elena no tenía respuesta para esa pregunta. Nadie la tenía.

Se quedaron en silencio otra vez, mirando la puerta cerrada, mientras el reloj del hospital, uno de esos relojes digitales rojos que cuelgan de las paredes de los pasillos, marcaba los minutos con una precisión fría que no se parecía en nada al reloj descompuesto del aula 4B.

A las once menos cuarto, la puerta se abrió.

Una enfermera asomó la cabeza.

—¿Familiares de Tomás Alonso?

Rubén se puso de pie tan rápido que la silla se tambaleó detrás de él.

—Soy yo. Soy el padre.

—Pueden pasar. Está despierto.

Rubén miró a Elena.

—Venga —dijo—. Él va a querer verla también.

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Elena no esperaba esa invitación. La aceptó sin decir nada, y caminó junto al padre de Tomás hacia la puerta que llevaba, finalmente, hacia una respuesta.

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