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SILENCIO EN EL AULA 4B / Chapter 5 / 10

Chapter 5 - La Foto en la Cartera

El taller quedaba a quince cuadras. Rubén llegó corriendo, sin aliento, justo quince minutos antes de que abrieran.

Entregó el taxi, firmó la planilla, y se sentó en un banco de plástico a esperar el colectivo que lo llevaría a su segundo trabajo, en un depósito de repuestos donde entraba a las ocho.

Sacó la billetera del bolsillo trasero.

Entre los billetes gastados y una tarjeta de débito con el plástico rajado, había una foto pequeña, doblada por la mitad, los bordes blancos.

Marisol.

El pelo suelto, riéndose de algo fuera de cámara, un embarazo de siete meses asomando bajo un vestido floreado.

Rubén pasó el pulgar sobre la foto, un gesto repetido tantas veces que ya había dejado una marca casi invisible en el papel.

—Un año y medio —dijo en voz baja, a nadie.

El colectivo llegó. Subió, pagó, se sentó junto a la ventanilla.

Afuera, la ciudad empezaba a despertar del todo: kioscos levantando las cortinas metálicas, colas en las paradas, un vendedor de café ambulante gritando su mercancía.

Rubén cerró los ojos.

No para dormir. Para pensar.

Pensó en Tomás, en la frase me mareo en clase y no le digo a nadie, en la manera en que su hijo la había dicho, sin drama, como quien informa el clima.

Pensó en Marisol, en los últimos meses, en cómo ella también había restado importancia a los síntomas.

Es cansancio, Rubén. Es normal, estoy embarazada.

Hasta que dejó de ser normal.

Hasta que una noche de invierno, hacía un año y medio, el cuerpo de Marisol decidió que ya no podía sostener dos vidas a la vez, y solo pudo salvar una.

Rubén abrió los ojos.

El colectivo frenó de golpe. Alguien se quejó desde el fondo.

Miró la hora en el teléfono.

Siete y cincuenta y dos.

Guardó la foto.

Bajó dos paradas antes de lo habitual, para caminar el resto y despejarse la cabeza, algo que hacía cuando la noche había sido larga y el día prometía ser más largo todavía.

Entró al depósito a las ocho en punto.

—Llegaste justo —dijo su compañero, Nestor, un hombre de bigote gris que llevaba veinte años acomodando repuestos en las mismas estanterías.

—Como siempre.

—¿Dormiste algo?

—Un poco.

—Un día vas a explotar, Rubén.

—Un día, sí.

Se pusieron a trabajar. Cajas, códigos de barra, listas de inventario.

A las nueve y cinco, el teléfono de Rubén, guardado en el casillero del vestuario, empezó a vibrar.

No lo escuchó.

A las nueve y siete, volvió a vibrar.

Tampoco lo escuchó.

A las nueve y nueve, mientras Rubén cargaba una caja de amortiguadores hacia el estante superior, el teléfono vibró por tercera vez, y esta vez la vibración fue tan larga, tan insistente, que se sintió hasta a través de la puerta metálica del casillero.

—Rubén —dijo Nestor, asomando la cabeza—. Te están llamando como loco.

—Debe ser publicidad.

—Tres veces seguidas no es publicidad.

Rubén dejó la caja en el suelo, se limpió las manos en el pantalón y caminó hacia el vestuario.

Abrió el casillero.

7 llamadas perdidas.

Escuela Primaria N.º 14.

El estómago se le cayó a un lugar que no tenía nombre.

Marcó de vuelta, los dedos temblando contra la pantalla.

—¿Hola? ¿Rubén Alonso?

—Sí, soy yo. ¿Qué pasó?

—Señor, necesitamos que venga urgente. Es sobre Tomás.

—¿Qué pasó con mi hijo?

Silencio del otro lado, apenas un segundo, el segundo más largo que Rubén había vivido desde una noche de invierno hacía un año y medio.

—Se lo están llevando en ambulancia. Al Hospital General. Necesitamos que venga.

El teléfono se resbaló de la mano de Rubén y golpeó el piso de cerámica del vestuario.

No lo levantó de inmediato.

Se quedó mirando la pantalla rota, los ojos fijos en las palabras ambulancia y Hospital General, como si mirarlas fijamente pudiera hacer que dejaran de ser verdad.

—Rubén —dijo Nestor, entrando al vestuario, la voz llena de una alarma que no necesitaba explicación—. ¿Qué pasó?

—Es Tomás.

No pudo decir nada más.

Nestor lo tomó del brazo.

—Andá. Yo hablo con el jefe.

—No tengo plata para un taxi.

—Andá caminando si hace falta, pero andá.

Rubén corrió.

Salió del depósito sin cambiarse el uniforme, sin agarrar la mochila, sin nada más que el teléfono con la pantalla rajada apretado en el puño.

Corrió por avenidas que no medía, cruzó semáforos en rojo, esquivó autos que tocaban bocina, con un solo pensamiento repitiéndose en su cabeza como un metrónomo desquiciado.

No de nuevo. No de nuevo. No de nuevo.

En algún lugar de la ciudad, once cuadras por delante, una ambulancia con las luces encendidas se abría paso entre el tráfico de la mañana, llevando dentro a un niño de nueve años que murmuraba, entre temblores, una sola palabra.

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Mamá.

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