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SILENCIO EN EL AULA 4B / Chapter 8 / 10

Chapter 8 - Tres Palabras

Los días siguientes, Elena visitó el hospital todas las tardes, después de clase.

Llevaba los cuadernos de los compañeros de Tomás, cartas dobladas en triángulos, dibujos con crayones.

Sofía había hecho un dibujo de todo el curso, con Tomás en el medio, una corona de rey dibujada torpemente sobre su cabeza.

—Dice que sos el rey de faltar a clase sin permiso —le explicó Elena, mostrándole el dibujo.

Tomás se rio, la primera risa completa que Elena le escuchaba desde el lunes.

—¿Puedo escribirle algo?

—Claro.

Tomás tomó un lápiz con la mano que todavía tenía la vía puesta en la otra, y escribió, con letra torpe de niño de nueve años: Gracias por no pisar el lápiz que se me cayó.

Elena leyó la frase sin entenderla del todo.

—¿Qué significa eso?

—Se me cayó el lápiz. Antes de dormirme. Y nadie lo pisó.

Elena recordó el lápiz sin punta rodando bajo el pupitre de Sofía, deteniéndose contra la pata metálica con un clic diminuto.

—Es importante para vos ese lápiz.

—Era de mi mamá.

Elena se quedó quieta.

—Era de ella cuando era chica. Tiene su nombre grabado, atrás. Mi papá me lo dio para que lo lleve siempre.

Elena tomó aire.

—¿Puedo verlo?

Tomás señaló su mochila, en la silla junto a la cama. Rubén la había traído esa mañana, con los útiles escolares intactos, sin tocar desde el lunes.

Elena buscó adentro, con cuidado, y encontró el lápiz, corto, sin punta, con las letras M-A-R-I-S-O-L talladas torpemente en la madera, con la letra insegura de un niño más pequeño que había querido honrar a su madre a su manera.

—Es hermoso, Tomás.

—Cuando me pasa algo malo, lo agarro fuerte. Por eso cuando desperté acá, lo primero que pregunté fue si lo tenían.

—¿Y lo tenían?

—Sí. El paramédico lo guardó en mi bolsillo. Dijo que vio que lo tenía agarrado tan fuerte que no quiso sacármelo.

Elena pensó en la mano de Tomás, los nudillos blancos, aferrados al borde del pupitre aquel lunes, y entendió, de golpe, que no se estaba sosteniendo del pupitre.

Se estaba sosteniendo de su madre.

—Tomás.

—¿Qué?

—Tu mamá estaría muy orgullosa de vos.

—¿Usted la conoció?

—No. Pero la conozco a través tuyo.

Tomás la miró con esa seriedad repentina que le salía de vez en cuando, entre risa y risa.

—Seño, ¿usted perdió a alguien?

La pregunta la tomó desprevenida. Nadie, en la escuela, le preguntaba esas cosas. Los adultos sabían no preguntar. Los niños, no.

Elena dudó, el instinto de veintidós años de mantener distancia profesional luchando contra algo más nuevo, más frágil, que había empezado a crecer esa semana.

—Sí —dijo, por fin—. Perdí a un hijo. Hace mucho tiempo.

Tomás no dijo nada al principio. Solo la miró.

—¿Por eso es tan estricta en clase?

Elena sintió que se le escapaba una risa pequeña, triste, sorprendida.

—Puede ser.

—Mi papá también se pone raro a veces. Cuando algo le recuerda a mamá.

—A veces los grandes no sabemos qué hacer con lo que sentimos. Entonces nos ponemos serios, para que no se note.

—Eso es tonto.

—Sí. Es un poco tonto.

—Deberían decir lo que sienten. Es más fácil.

Elena lo miró, un niño de nueve años recién salido de una emergencia médica, diciendo en tres frases lo que a ella le había costado un año y medio de terapia no terminar de entender del todo.

—Tenés razón, Tomás.

—Siempre tengo razón.

—Sos muy modesto también.

—Eso qué es.

—Nada. Olvidalo.

Rubén entró en ese momento, con dos vasos de gaseosa y una bolsa de galletitas.

—¿De qué hablan?

—De nada, papá.

—De todo, en realidad —corrigió Elena.

Rubén los miró a los dos, sin entender del todo, pero sintiendo que algo importante había pasado en la habitación mientras él estaba en la máquina expendedora del pasillo.

Se sentó junto a la cama.

—Los médicos dicen que en dos días te dan el alta.

—¿Puedo volver a la escuela?

—Todavía no. Primero unos días de descanso en casa.

—¿Vos vas a estar en casa?

Rubén miró a Elena, después a su hijo.

—Hablé con mi jefe. Voy a tomarme la semana.

—¿En serio?

—En serio.

Tomás sonrió, y esta vez la sonrisa le llegó hasta los ojos, sin cansancio, completa.

—Entonces sí voy a estar bien —dijo, con la certeza absoluta de los niños, esa lógica infantil que no necesita explicaciones largas para llegar a la verdad más simple de todas.

Tres palabras le habían bastado.

Voy a estar.

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Y con eso, para Tomás, alcanzaba.

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