Chapter 3 - La Sirena

Los pasos en el pasillo se multiplicaron.
La puerta del aula se abrió de golpe.
El director, un hombre alto, calvo, con corbata torcida por la prisa, entró seguido de la enfermera de la escuela, una mujer menuda que ya venía con el maletín blanco abierto en la mano.
—¿Qué pasó?
—No responde —dijo Elena, sin soltar al niño—. No responde a nada. Tiembla. Está frío.
La enfermera se arrodilló junto a ella.
—Tomás —dijo, con una voz entrenada para sonar tranquila aunque no lo estuviera—. Tomás, soy la enfermera Paola.
Le tomó la muñeca. Contó en silencio, los labios moviéndose sin sonido.
—El pulso está muy acelerado.
—¿Eso es bueno o malo? —preguntó Elena, y odió lo infantil que sonó la pregunta.
—Llamen a una ambulancia. Ya.
El director sacó el teléfono del bolsillo con dedos torpes.
—Niños —dijo Elena, girándose hacia la clase, con una autoridad que le costó un esfuerzo enorme reunir—. Salgan al patio. Ahora. En fila. Sofía, ayuda a llevarlos.
—No quiero irme, seño.
—Sofía.
La niña miró a Tomás una última vez, los ojos llenos de lágrimas que no terminaban de caer, y empezó a empujar suavemente a sus compañeros hacia la puerta.
Uno por uno salieron.
El niño de la campera oscura fue el último. Se detuvo en el umbral.
—Seño.
—¿Qué.
—Yo me reí antes. Cuando usted lo llamó.
Elena lo miró.
—No sabía —dijo el niño, y la voz se le quebró, demasiado pequeña para el peso de esa frase—. No sabía que era de verdad.
—Sal —dijo Elena, no con dureza, sino con algo parecido a la piedad—. Ve con los demás.
El niño se fue.
La enfermera Paola había recostado a Tomás en el suelo, de lado, con cuidado, la cabeza apoyada sobre un buzo doblado que alguien había dejado.
—¿Es epiléptico? ¿Diabético? ¿Alguna condición registrada?
—No lo sé —dijo Elena—. No dice nada en la ficha.
—¿Alguien sabe algo de la familia?
Elena hizo memoria, rápido, desesperada.
—El padre. Rubén. Trabaja de taxista, creo. De noche.
—¿Y la madre?
Elena dudó.
—No hay madre en los registros.
La enfermera no preguntó más. No había tiempo.
Afuera, débil todavía, pero creciendo, empezó a escucharse una sirena.
Elena se quedó mirando el rostro de Tomás. Los ojos seguían entrecerrados, moviéndose. Los labios, pálidos, murmuraban algo sin sonido, como quien reza en sueños.
Se acercó.
—¿Qué dices, campeón?
Acercó el oído a la boca del niño.
Un hilo de voz, apenas un soplo.
—Mamá.
Elena se apartó como si la palabra quemara.
—¿Qué dijo? —preguntó la enfermera.
—Nada —dijo Elena, y no supo por qué mintió—. No dijo nada.
La sirena se acercó más. Ya se distinguían las luces rojas y azules colándose por las ventanas del aula, pintando el techo de colores que no le correspondían a un lunes de fracciones.
Dos paramédicos entraron corriendo con una camilla plegable.
—¿Qué tenemos?
—Niño de nueve años, inconsciente, temblores, pulso acelerado, piel fría —recitó la enfermera, profesional, precisa—. Sin antecedentes conocidos.
Uno de los paramédicos se arrodilló, le abrió los párpados a Tomás con dos dedos, iluminó con una linterna pequeña.
—Pupilas reactivas.
—Glucosa —dijo el otro, sacando un aparatito del bolso—. Vamos a chequear glucosa primero.
Elena se quedó de pie, a un costado, sintiéndose de pronto enorme e inútil, como un mueble estorbando en medio de una emergencia.
—¿Va a estar bien?
Ninguno de los dos paramédicos respondió. Estaban demasiado ocupados para responder preguntas que no tenían respuesta todavía.
Subieron a Tomás a la camilla.
Elena vio el buzo gris, la capucha caída hacia un lado, un brazo colgando fuera de la camilla hasta que alguien lo acomodó con cuidado.
—¿Alguien avisó al padre? —preguntó el director.
—Estoy buscando el número —dijo la secretaria, que acababa de llegar corriendo, sin aliento, con una carpeta bajo el brazo.
—Voy con él —dijo Elena, de pronto, sorprendiéndose a sí misma.
—Elena, tiene clase —dijo el director.
—Que la cubra otra persona.
No era una pregunta. Ni una petición.
Salió detrás de la camilla, por el pasillo, cruzando la fila de niños apiñados en el patio, todos mirando en silencio cómo se llevaban a su compañero.
Sofía la agarró del brazo cuando pasó.
—Seño, ¿lo van a curar?
Elena se detuvo un segundo. Solo un segundo.
—Sí —dijo, aunque no tenía forma de saberlo—. Van a curarlo.
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Y siguió caminando hacia la ambulancia, hacia las puertas que se cerraban, hacia una mañana de lunes que ya no se parecía a ninguna otra que hubiera vivido en veintidós años de aula.
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