Chapter 7 - El Cuaderno Azul de la Maestra

Tomás estaba recostado en una cama demasiado grande para él, con una vía en el brazo, un monitor pitando suave a su lado, la capucha del buzo gris ya no puesta, sino doblada sobre una silla junto a la cama.
Tenía los ojos abiertos.
Cansados, pero abiertos.
—Papá.
Rubén cruzó la habitación en tres pasos y lo abrazó, con cuidado, esquivando la vía, apretando la cara contra el pelo rizado de su hijo.
—Estoy acá. Estoy acá.
—Viniste.
—Claro que vine.
—Dijiste que ibas a intentarlo.
—Y lo hice.
Tomás sonrió, apenas, débil.
Elena se quedó en la puerta, sin saber si tenía permiso para acercarse.
—Seño.
Tomás la había visto.
Elena caminó hacia la cama.
—Hola, campeón.
—¿Se enojó porque me dormí en clase?
Elena sintió que los ojos se le llenaban de agua, algo que no le pasaba desde hacía años, desde una época que prefería no recordar.
—No, Tomás. No me enojé.
—Pensé que se iba a enojar.
—Nunca más me voy a enojar por eso.
Tomás la miró, con esa mirada directa que solo tienen los niños, esa mirada que no sabe todavía cómo suavizar las verdades.
—¿Por qué llora?
—No estoy llorando.
—Sí está llorando. Le está goteando la nariz.
Rubén se rio, un sonido corto, quebrado, mitad risa mitad sollozo contenido.
Elena se secó la cara con el dorso de la mano.
—Es que me asusté mucho.
—Yo también me asusté.
—¿Te acordás de algo?
Tomás pensó un momento.
—Me acuerdo que usted golpeaba el pupitre. Y después no me acuerdo de nada. Después me acuerdo de acá.
—¿No te dolió nada?
—Me dolió la cabeza. Y tenía mucha hambre.
El médico, que había entrado detrás de ellos, sonrió con algo de alivio profesional.
—Eso es buena señal. El hambre significa que su cuerpo está respondiendo bien.
Rubén se sentó en el borde de la cama, sin soltar la mano de su hijo.
—Vamos a tener que hacer más estudios. Para saber bien qué le pasó y cómo cuidarlo de ahora en más.
—¿Voy a tener que ir a más hospitales?
—Sí, campeón. Pero yo voy a estar con vos. Todas las veces.
—¿Y el trabajo?
—El trabajo puede esperar.
Tomás lo miró, sorprendido, como si esa frase fuera más extraña que cualquier diagnóstico médico.
—¿En serio?
—En serio.
Elena, de pie junto a la cama, sacó del bolso un cuaderno azul, gastado en las esquinas, con etiquetas de colores marcando distintas secciones.
—Tomás.
—¿Qué es eso?
—Es mi cuaderno de la clase. Acá anoto todo lo que pasa cada día. Quién falta, quién hace bien la tarea, quién necesita ayuda.
Abrió el cuaderno en una página específica, la del lunes.
—Mirá.
Le mostró la página. Junto al nombre de Tomás, había una anotación con birome roja, escrita esa misma mañana, antes de todo: Tomás llega cansado. Preguntar si está durmiendo bien en casa.
—¿Escribió eso antes de que me pasara todo?
—Sí.
—¿Por qué no me preguntó?
Elena bajó la mirada.
—Porque pensé que tenía tiempo. Pensé que era algo para preguntar más tarde, cuando no estuviera tan apurada con la clase.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que no hay que esperar a más tarde.
Tomás se quedó pensando eso, con la seriedad de un niño que acaba de escuchar algo importante, aunque todavía no tenga edad para nombrarlo del todo.
—Seño.
—¿Sí?
—¿Puedo pedirle algo?
—Lo que quieras.
—Cuando vuelva a clase, ¿me deja sentarme adelante? Así si me mareo, está más cerca.
Elena sintió que la garganta se le cerraba otra vez.
—Te reservo el primer pupitre. El que está justo frente al mío.
—¿El de la maestra anterior? Ese pupitre da miedo, dicen que ahí se sentaba un chico que repitió tres veces.
—Ahora se va a sentar un chico que va a estar bien.
Tomás sonrió, de verdad esta vez, una sonrisa cansada pero completa.
Rubén miró a Elena por encima de la cabeza de su hijo, y en ese cruce de miradas hubo algo que no necesitó palabras: un agradecimiento que ninguno de los dos sabía todavía cómo nombrar del todo, pero que ambos entendían.
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Afuera de la habitación, el pasillo B seguía con su rutina de pitidos y pasos apurados, ajeno a que, en la habitación 314, algo se había reacomodado silenciosamente en el pecho de tres personas que, hasta esa mañana, apenas se conocían.
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