Chapter 2 - El filo frío del metal y el mechón rosa

La mano de la profesora se cerró con brusquedad sobre el hombro izquierdo de la niña.
La fuerza del agarre hizo que Maya soltara un gemido ahogado, un sonido corto que quedó atrapado entre su lengua y el paladar seco.
—Levántate. No te voy a dejar tirada ahí haciendo teatro para dar lástima —siseó la mujer, tirando de la tela del polo rosa con violencia.
Maya sintió que sus piernas perdían el equilibrio por un segundo antes de encontrar apoyo en las plantas de sus zapatillas.
Fue arrastrada dos pasos hacia adelante, hasta quedar frente al escritorio de formica blanca de la profesora.
Sobre la superficie del pupitre había un cenicero antiguo usado como portalápices, varias hojas de fichas de lectura y unas tijeras de punta roma con los mangos de plástico negro.
La profesora empujó el cuerpo de la niña hacia abajo, obligándola a sentarse en la silla de metal con asiento de madera contrachapada.
El metal crujió bajo el peso ligero de la niña.
Los pies de Maya colgaban a un par de centímetros del suelo, incapaces de tocar las baldosas.
Sus manos buscaron instintivamente los bordes del asiento, aferrándose a la madera rugosa con los nudillos completamente blancos por la falta de circulación.
La mujer no perdió un solo segundo.
Extendió la mano derecha y abrió los cajones del escritorio con un golpe seco que hizo saltar una caja de clips metálicos.
Sus dedos buscaron entre gomas de borrar y blocs de notas hasta dar con el objeto metálico deseado.
Las tijeras escolares salieron a la luz con un brillo frío bajo la luz artificial del aula.
Maya vio el destello plateado del filo acercándose a su rostro.
Se echó hacia atrás, apoyando con fuerza la columna contra el respaldo metálico de la silla, pero la profesora ya había colocado su mano izquierda en la nuca de la niña, inmovilizándola por completo.
—Si alguien pregunta por qué te ves así, vas a decir que fuiste tú misma con las tijeras de manualidades —susurró la mujer, inclinando su rostro hasta que su aliento, cargado de café amargo y mentol, rozó la oreja derecha de Maya.
El filo de las tijeras abrió una separación en el lateral de su cabeza.
El sonido del pelo al ser cortado fue un crujido seco, idéntico al de una hoja de papel grueso rasgada por la mitad sin regla.
Un mechón largo, oscuro, perfectamente trenzado desde el amanecer, cayó sobre la superficie blanca del escritorio.
La trenza quedó allí, inmóvil, pareciendo una serpiente pequeña y muerta sobre los papeles de la clase.
Maya miró el mechón con los ojos abiertos de par en par, sin parpadear.
Su cerebro infantil procesó el hecho de una manera extraña: pensó que si el pelo ya no estaba unido a su cabeza, el dolor tampoco lo estaría.
Pero el cuero cabelludo tiraba hacia arriba con un ardor punzante, como si mil agujas invisibles estuvieran pinchando la piel bajo sus rizos restantes.
—¿Entendiste? —preguntó la profesora, apretando el pulgar contra la oreja de la niña hasta dejar una marca roja.
Maya asintió con la cabeza de manera casi imperceptible, con la barbilla pegada al pecho.
—Sí... profesora —murmuró su voz, delgada como un hilo de seda a punto de romperse.
A tres pupitres de distancia, un niño rubio de ojos claros, vestido con una sudadera azul marino, dejó caer su lápiz de grafito sobre la mesa.
El lápiz rodó lentamente, golpeando el borde de madera antes de caer al suelo con un repiqueteo hueco.
Nadie se agachó a recogerlo.
El niño miró el mechón negro sobre el escritorio, luego miró las lágrimas secas en las mejillas de Maya, y finalmente bajó la vista hacia sus propias manos, cruzadas firmemente sobre sus rodillas.
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La profesora apartó las tijeras, arrojándolas de nuevo al cajón con un estrépito metálico que hizo temblar los lápices de colores en sus botes.
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