Chapter 5 - El ojo de cristal que nunca parpadea

La lente de la cámara en la esquina del techo no hacía ningún ruido mecánico al girar ligeramente sobre su eje interno.
Su presencia era un recordatorio mudo de que las paredes de la escuela tenían orejas electrónicas y ojos que no necesitaban parpadear para descansar.
Desde el ángulo superior, la perspectiva del aula cambiaba por completo.
Las mesas azules formaban un archipiélago ordenado sobre el suelo gris; las cabezas de los niños se veían como puntos de colores alineados en filas paralelas; y el gran espacio vacío junto a la estantería parecía un escenario teatral preparado para un drama sin espectadores.
La luz roja seguía latiendo en la oscuridad de la lente.
Parpadeo. Pausa. Parpadeo. Pausa.
Cada destello era una señal digital que viajaba a través de cables ocultos en el falso techo, cruzaba los muros de hormigón del edificio escolar, saltaba a una red privada de servidores en la nube y terminaba convirtiéndose en píxeles de alta definición en la pantalla de un dispositivo alejado a varios kilómetros de allí.
En el aula, nadie volvió a mirar hacia el rincón del techo.
La profesora levantó la vista de su libreta roja, se frotó los ojos con el dorso de la mano y se puso en pie para repartir las fichas de caligrafía correspondientes a la segunda hora de la mañana.
Camino entre los pupitres con pasos firmes, haciendo sonar las suelas de sus zapatos contra el suelo.
Al pasar junto al banco de Maya, la mujer detuvo su marcha por un brevísimo instante.
Extendió la mano y dio un pequeño golpecito seco con los nudillos sobre la esquina de la mesa de la niña.
—A trabajar, Maya. Menos distracciones y más atención al papel —ordenó en voz baja, cuidando que su tono no llamara la atención de los demás alumnos.
Maya no levantó la cabeza.
Su mano izquierda se elevó lentamente desde el borde de la mesa hasta tocar el lateral de su cabeza, rozando con la punta de los dedos el espacio donde antes descansaba la trenza cortada.
La piel estaba fría, ligeramente enrojecida por el roce de las tijeras.
No dijo una sola palabra.
Sus dedos se apartaron de inmediato, volviendo a sujetar el lápiz corto con el que seguía rayando el margen de la hoja de papel.
El niño de la sudadera azul, sentado a su lado, observó el gesto de la niña de reojo.
Apretó los labios con fuerza, formando una línea fina y blanca sobre su rostro infantil.
En su cabeza de seis años bullía un pensamiento confuso, una contradicción insoportable entre lo que los adultos decían que debían hacer y lo que sus propios ojos acababan de presenciar.
Si la maestra era la persona encargada de cuidarles y enseñarles a ser buenos, ¿por qué sus manos tenían el mismo aspecto frío y amenazante que las sombras de los cuentos de monstruos que su abuela le leía antes de dormir?
May you like
El parpadeo rojo de la cámara en el rincón del techo continuaba su marcha invariable, indiferente al dolor, al miedo y al silencio espeso que gobernaba las cuatro paredes de la clase.
---