Chapter 9 - El grito que rasga el aire a través del altavoz

—Escúchame bien, maldita sea —la voz de Elena atravesó los circuitos del teléfono como un látigo de fuego—. No hay excusas, no hay manualidades, no hay mentiras que te salven de esto.
El volumen de la llamada era tan alto que varios niños de las mesas delanteras se encogieron en sus asientos, llevándose las manos a los oídos asustados por la violencia del sonido.
La profesora sentía que las paredes del aula se estrechaban a su alrededor, convirtiendo la habitación en una caja de cerillas a punto de incendiarse.
Sus dedos, temblando de forma descontrolada, intentaban sujetar el teléfono que amenazaba con resbalarle de la palma sudorosa.
—Señora Vance... por favor... podemos hablarlo en la dirección con el director... esto es un malentendido de disciplina... —suplicó la mujer, con la voz quebrada por el terror, perdiendo toda la soberbia con la que había aterrorizado a la niña minutos antes.
—Voy a entrar por esa puerta en menos de diez minutos —escupió Elena a través de la línea, con cada palabra destilando una fría promesa de destrucción—. Y te juro por lo más sagrado que tengo que cuando cruce ese umbral, no vas a volver a tocar a ningún niño en el resto de tu miserable vida.
Bip. Bip. Bip.
La llamada se cortó abruptamente.
El tono de marcado final resonó en el silencio absoluto de la clase.
La profesora bajó el brazo lentamente, con el teléfono colgando de su mano como un objeto muerto e inútil.
Su rostro había adquirido un tono grisáceo, ceniciento, completamente desprovisto de color.
Miró hacia la puerta principal del aula, como si esperara ver aparecer la figura de Elena Vance en ese mismo instante atravesando la madera pintada de blanco.
Los niños seguían en completo silencio.
Nadie se movía.
Incluso los más pequeños comprendían que el mundo de los adultos acababa de romperse en mil pedazos y que ninguna regla escolar iba a poder juntarlos otra vez.
Maya se levantó de su silla de plástico azul.
Sus zapatillas de lona tocaron el suelo con un sonido suave.
No pidió permiso a la profesora.
No miró el mechón de pelo negro que seguía tirado sobre el escritorio de formica blanca.
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Caminó hacia la puerta del aula con paso firme, sintiendo que el frío del linóleo ya no le importaba en absoluto.
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