Chapter 8 - El teléfono que vibra sobre el escritorio escolar

En el aula de párvulos, el sonido agudo y estridente de un teléfono móvil rompió la monotonía del silencio escolar.
La profesora, que en ese momento estaba explicando cómo sumar peras en la pizarra verde, se detuvo en seco con el tiza blanca suspendida en el aire.
Frunció el ceño, visiblemente molesta por la interrupción.
Dejó el trozo de tiza sobre la repisa de madera y metió la mano en el bolsillo delantero de su delantal blanco, buscando el aparato rectangular que vibraba con insistencia.
Sacó el teléfono y miró la pantalla.
El número que llamaba no pertenecía a la secretaría del colegio ni a ningún padre de familia registrado en las listas oficiales.
Era una llamada procedente de una línea corporativa privada.
La mujer descolgó con desgana, acercando el altavoz del teléfono a su oreja izquierda mientras se giraba de espaldas a los alumnos.
—¿Sí? Dígame. Estoy en horario de clases y no puedo atender asuntos que no sean de absoluta urgencia... —comenzó a decir con voz seca y autoritaria.
No pudo terminar la frase.
Desde el otro lado de la línea, el sonido que irrumpió en el auricular no fue una voz educada ni una consulta administrativa.
Fue un rugido sordo, una marea de furia contenida que parecía arrastrar el ruido del viento y el crujir de cristales rotos.
—¿Por qué le cortaste el pelo a mi hija? —la voz de Elena resonó en el altavoz con una intensidad tan feroz que la profesora tuvo que apartar el teléfono medio centímetro de su oreja.
El color de la cara de la mujer cambió instantáneamente.
Su tono de superioridad se desvaneció, reemplazado por una mueca de pánico absoluto que contrajo los músculos de su boca.
—¿Quién... quién habla? No sé a qué se refiere... Los niños juegan y a veces ocurren accidentes con las manualidades... —balbuceó la profesora, retrocediendo dos pasos hasta chocar contra el borde de la pizarra verde.
En el rincón del fondo, la pequeña Maya levantó la cabeza al escuchar la voz conocida que se filtraba a través del teléfono de la maestra.
Sus ojos se abrieron de par en par.
Sus labios se separaron ligeramente, dejando escapar un suspiro tembloroso.
—Mamá... —susurró la niña para sí misma, con un hilo de voz tan frágil que ni siquiera el niño sentado a su lado pudo llegar a escucharla.
La profesora sintió que el suelo bajo sus pies perdía solidez.
Miró instintivamente hacia la esquina superior del techo.
El ojo de cristal de la cámara de seguridad seguía emitiendo su destello rojo con la precisión implacable de un juez invisible.
—Tú... tú viste... —la mujer no pudo articular ninguna otra palabra coherente.
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Su garganta se había cerrado por completo.
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