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Chapter 3 - La mentira tejida en el pupitre de madera

El aula entera parecía haberse encogido alrededor del escritorio de la profesora.

El polvo flotaba en los haces de luz que entraban por el ventanal alto, bailando en círculos invisibles sobre las cabezas de los niños.

Maya seguía sentada en la silla metálica, con los pies colgando en el vacío, sintiendo un lado de su cabeza extrañamente ligero y frío.

Una corriente de aire procedente del pasillo coló un silbido fino bajo la puerta principal de la clase.

La profesora se cruzó de brazos, ajustándose los puños de su blusa blanca almidonada con gestos mecánicos y precisos.

—Vuelve a tu sitio —ordenó la mujer, señalando con la barbilla el rincón opuesto, donde una mesa baja de plástico azul esperaba con sus cuadernos cerrados.

Maya se deslizó de la silla.

Sus zapatillas de lona tocaron el suelo con un golpe suave, casi imperceptible.

Caminó con la cabeza inclinada hacia el lado derecho, donde el vacío dejado por la trenza cortada dejaba al descubierto un trozo de piel pálida detrás de su oreja.

Cada paso que daba sobre el linóleo parecía pesar el doble que el anterior.

Al pasar junto a la mesa del niño de la sudadera azul, este levantó los ojos por una fracción de segundo.

Sus miradas se cruzaron.

No hubo palabras, ni gestos de complicidad, ni una sonrisa de consuelo; solo el reconocimiento mutuo de un terror compartido que ninguna palabra de adulto podía explicar ni reparar.

Maya se sentó en su silla de plástico azul.

Abrió su estuche de tela con cremallera gastada y sacó un lápiz corto, mordisqueado en el extremo superior.

Intentó abrir el cuaderno de matemáticas, pero sus dedos pulgares estaban rígidos, como si el frío de la mañana se hubiera concentrado exclusivamente en las yemas.

A lo lejos, en el pasillo exterior, se escuchó el sonido lejano de un carro de limpieza metálico arrastrándose sobre el terrazo.

Chas, chas, chas.

El sonido venía y iba, midiendo el tiempo en fragmentos insoportables de monotonía escolar.

La profesora se había sentado en su propio escritorio, apoyando la barbilla sobre las palmas de sus manos, observando a la clase con una mirada fija, vigilante, dispuesta a fulminar cualquier susurro o movimiento en falso.

Maya bajó la mirada hacia las páginas en blanco de su cuaderno.

Con la punta del lápiz gris, comenzó a trazar líneas circulares una y otra vez sobre el margen de la hoja, apretando la mina hasta romperla contra el papel.

El grafito roto dejó una mancha grisácea y brillante sobre la celulosa.

La niña sopló suavemente sobre la mancha, intentando borrarla con la manga de su polo rosa, pero solo consiguió extender el polvo negro por toda la esquina de la página.

Pensó en su casa.

Pensó en la alfombra mullida del salón, en el olor a pan tostado con mantequilla que su madre preparaba los sábados por la mañana, y en la forma en que el sol de mediodía se metía por la ventana de su dormitorio iluminando sus juguetes favoritos.

Ese mundo parecía pertenecer a otra vida, a un tiempo muy lejano que se había desvanecido en el mismo instante en que cruzó el dintel de la escuela esa mañana.

Aquí adentro, el aire olía a tiza vieja y a miedo silencioso.

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Y sus manos seguían apretando el lápiz roto, como si el pequeño trozo de madera fuera lo único que la anclaba a la superficie de la tierra.

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