Chapter 7 - La vena latiendo bajo la piel de caoba

El silencio en el despacho del piso veinticuatro se volvió denso, pesado, cortante como una cuchilla de afeitar.
Elena no parpadeaba.
Sus pupilas oscuras estaban clavadas en la pantalla del teléfono, absorbiendo cada segundo de la grabación como si el fuego de las imágenes pudiera quemar la palma de su mano.
Vio cómo la profesora arrojaba las tijeras al cajón.
Vio la forma en que Maya se encogía sobre la silla de plástico, intentando volverse invisible en su propio asiento.
Una vena fina y oscura comenzó a latir con fuerza desbocada en la sien derecha de Elena, justo bajo la línea impecable de su cabello recogido.
Su mandíbula se tensó hasta marcarse con nitidez a través de la piel de caoba de su rostro.
Los dedos de su mano izquierda, adornados con un único anillo de oro blanco sin piedras, se cerraron en un puño tan apretado que las uñas se clavaron profundamente en las palmas, dejando marcas blancas en forma de media luna.
Toda la fachada de ejecutiva brillante, fría, calculadora y distante se desmoronó en el espacio de tres segundos.
Lo que quedaba debajo no era una mujer de negocios dispuesta a negociar un acuerdo amistoso; era una madre cuyo territorio sagrado acababa de ser profanado por la crueldad gratuita de una desconocida.
Elena se inclinó hacia adelante, acercando la pantalla del teléfono a unos pocos centímetros de sus ojos.
El vídeo se reprodujo en bucle automático.
Corte de tijeras. Mechón negro sobre la mesa. Lágrimas secas en la mejilla de la niña.
El aire dentro de la oficina pareció perder todo el oxígeno disponible.
Elena exhaló un suspiro largo, tembloroso, que salió de sus labios convertida en un silbido ronco.
Su mano derecha se movió con una velocidad cegadora.
Tomó el teléfono de la mesa, deslizó el dedo hacia la agenda de contactos con un movimiento violento y buscó el número directo de la administración de la Academia Primaria San Judas.
No pensó en los protocolos del colegio.
No pensó en las excusas que los directores suelen dar para proteger a su personal docente.
Su mente estaba completamente ocupada por una sola imagen: las rodillas de su hija sobre el linóleo frío y el metal de las tijeras cerca de su cara.
Pulsó el botón de llamada.
El tono de espera comenzó a sonar al otro lado de la línea, un bip electrónico monótono y lento que resonaba en el silencio absoluto del despacho de lujo.
Bip... bip... bip...
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Elena se puso en pie de un salto, tirando la silla de oficina hacia atrás con tanta fuerza que chocó contra el panel de cristal del ventanal con un golpe sordo que hizo vibrar los cristales.
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