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Chapter 6 - La pantalla negra en el piso luminoso

A catorce kilómetros de distancia, en el piso vigésimo cuarto de un edificio corporativo con fachada de cristal espejo, el aire acondicionado mantenía una temperatura constante de veintiún grados centígrados.

Las vistas desde el ventanal abarcaban toda la extensión de la ciudad, reducida a una maqueta de tejados grises y autopistas surcadas por hilos de coches diminutos.

Sobre un escritorio de madera de nogal pulida, un teléfono inteligente de carcasa metálica oscura reposaba junto a una taza de café humeante y un informe financiero encuadernado en piel negra.

La pantalla del teléfono se encendió de súbito con un brillo intenso.

Una notificación de color rojo brillante irrumpió en la interfaz del sistema de seguridad privada vinculado a la Academia Primaria San Judas.

Alerta de transmisión en directo: Cámara 04 - Aula de Párvulos.

Una mujer de unos treinta y cinco años, con un traje sastre de color gris antracita y el cabello negro recogido en una coleta alta y perfecta, detuvo el movimiento de sus dedos sobre el teclado de su ordenador portátil.

Su nombre era Elena Vance.

Era una mujer acostumbrada a procesar datos complejos, a firmar contratos millonarios con una sola ojeada y a no perder nunca el control en situaciones de crisis financiera.

Sin embargo, al ver la notificación parpadeando en la pantalla de su móvil personal, algo en su postura se congeló de inmediato.

Extendió la mano derecha y deslizó el dedo por el cristal táctil para abrir la aplicación de la cámara de seguridad.

La transmisión se desplegó en alta resolución, ocupando toda la superficie de la pantalla del teléfono.

Al principio, Elena vio el plano general del aula: los pupitres azules, las paredes amarillas, los carteles educativos con las letras del abecedario.

Luego, el algoritmo de la cámara ajustó el enfoque hacia la esquina inferior derecha.

El rostro de su hija, Maya, apareció en primer plano.

La niña estaba sentada en la mesa baja de plástico azul, con los hombros encogidos y la mano apoyada en el lateral de su cabeza, donde el pelo había sido cercenado de manera violenta.

En la pantalla, el vídeo mostraba los fotogramas grabados hacía apenas diez minutos: la profesora de pie junto al escritorio, el brillo de las tijeras de metal cortando la trenza, y la amenaza susurrada a pocos centímetros de la oreja de la niña.

Los ojos de Elena se abrieron desmesuradamente.

Su respiración se detuvo en mitad de la garganta.

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La taza de porcelana blanca que tenía al lado tembló ligeramente sobre el nogal cuando la yema de su dedo índice golpeó el borde de la mesa con un golpe seco, involuntario y cargado de una rabia sorda.

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