Chapter 1 - Las Gotas de Hielo

El chorrro de agua fría no dejaba de golpear su rostro.
Lucía cerró los ojos con fuerza.
El agua helada de la manguera se mezclaba con las lágrimas caliente que corrían por sus mejillas.
A través de la tela beis y mojada de su vestido de maternidad, sintió una contracción sorda en el vientre.
—Si de verdad quieres seguir siendo mi esposa, tienes que aprender a someterte a mí —dijo Diego.
Su voz no temblaba. Era un comando seco, pulido como el suelo de mármol que rodeaba la piscina.
Diego sostenía la manguera verde con la mano derecha.
Tenía las mangas de su camisa negra arremangadas hasta los codos, dejando al descubierto sus antebrazos bronceados y secos.
A tres pasos de distancia, doña Beatriz se acomodó el chal de seda sobre los hombros.
El collar de perlas que rodeaba el cuello de la mujer anciana brillaba bajo la luz artificial del patio.
—Déjala un minuto más, Diego —dijo la mujer mayores, sin mover una sola arruga de su rostro impecable.
—Por favor… —susurró Lucía desde el suelo gélido.
Apoyó las palmas de las manos contra las baldosas húmedas.
Los nudillos de su mano izquierda, donde llevaba la pulsera metálica de su reloj inteligente, estaban rojos por el frío extremo.
—Diego, por favor. Déjame entrar a la casa —suplicó ella.
Su voz se quebró al final de la frase.
Una marca roja y abultada se extendía desde su pómulo derecho hasta la línea de la mandíbula.
Diego inclinó ligeramente la cabeza.
El chorro de agua cayó directamente sobre su vientre abultado.
Lucía se encogió sobre sí misma. Un gemido ahogado se le escapó de los labios mojados.
—Todavía no has aprendido —dijo él, dando un paso adelante con sus zapatos de piel secos.
En el rincón más oscuro del patio, junto al filtro de la piscina, yacía un pequeño pato de goma amarillo.
Tenía el pico descolorido y el ojo izquierdo borrado por el uso.
Lucía fijó sus ojos desorbitados en el juguete.
El pato flotaba en un charco de agua sucia.
—El bebé… tiene frío —articuló ella.
Diego soltó una risa breve y metálica.
—El bebé no siente nada hasta que yo diga que siente algo —respondió él.
Doña Beatriz miró su reloj de oro.
—La cena se va a enfriar, hijo —comentó la anciana, pasando los dedos por una de sus perlas.
—Cinco segundos más, madre —contestó Diego.
Apretó la boquilla de plástico verde. El agua salió con más fuerza, pulverizándose contra la piel pálida de Lucía.
Ella apretó los dientes hasta que le dolió la cabeza.
Sintió la vibración leve de su reloj inteligente contra la muñeca izquierda.
Tres pulsaciones cortas.
Una pausa.
Otras tres pulsaciones cortas.
Lucía no miró la pantalla.
Dejó caer la frente contra el suelo mojado, oliendo el cloro de la piscina y el moho de las baldosas.
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—Por favor… —murmuró por última vez.
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