Chapter 9 - La Celda Gris

En la celda número cuatro de la comisaría central, el silencio era absoluto.
Diego estaba sentado en el borde de un catre de hierro.
Llevaba el uniforme gris de los detenidos preventivos. Las mangas le quedaban cortas, dejando al descubierto sus muñecas pálidas y sin reloj.
La puerta de barrotes de hierro chirrió al abrirse.
Un oficial de guardia dejó una bandeja de plástico sobre la mesa de madera fijada a la pared.
Sobre la bandeja había un vaso de agua de grifo y un pedazo de pan seco.
—Tiene una visita —dijo el oficial sin mirarlo a los ojos.
Diego levantó la cabeza despacio.
Sus ojos estaban hundidos, rodeados por dos círculos oscuros de cansancio físico y mental.
En el pasillo de visitas, detrás del cristal blindado, estaba doña Beatriz.
Vestía un abrigo gastado que no le pertenecía y llevaba el cabello despeinado sobre las orejas.
No llevaba perlas.
Se sentó en la silla de madera y tomó el teléfono de baquelita negra con una mano que temblaba sin control.
Diego levantó su auricular.
—Madre… —dijo él.
La voz de la mujer sonó metálica y lejana a través del altavoz interno.
—Nos quitaron todo, Diego —dijo la anciana—. Las cuentas de Zúrich… la casa de la playa… los autos… Todo estaba a nombre de la naviera de los Alarcón desde hace cinco años.
Diego miró la pared de hormigón detrás de la mujer.
—Ella lo sabía —murmuró él.
—¿Quién?
—Lucía —dijo Diego—. Ella sabía que no teníamos nada. Esperó a que yo le tirara el agua para mostrarle a su padre la grabación.
Doña Beatriz golpeó el cristal blindado con los nudillos desnudos.
—¡Es una maldita serpiente! —chilló la anciana—. ¡Nos engañaron! ¡Tu padre murió creyendo que ellos eran nuestros socios!
Diego dejó caer el auricular sobre la mesa de plástico.
El sonido del plástico rebotando contra el tablero fue el único ruido en la sala.
Se levantó de la silla y caminó de regreso a su celda sin volver a mirar a la mujer del otro lado del cristal.
Al cruzar el umbral de hierro, se miró las manos.
Estaban secas, agrietadas por el jabón barato de la comisaría.
Ya no olían a cloro ni al perfume caro que compraba en la capital.
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Olían a nada.
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