Chapter 5 - El Salón de Mármol

El interior de la mansión olió de inmediato a queroseno y a humo de motor aviación.
Los hombres del equipo de rescate abrieron las grandes puertas de cristal corrido con un impacto seco que hizo temblar la vajilla de cristal de la vitrina principal.
Don Guillermo Alarcón bajó los escalones de madera de la entrada principal.
No llevaba abrigo.
Sus zapatos de piel importada no hicieron el menor ruido al pisar la alfombra persa del vestíbulo.
Se detuvo a medio metro de doña Beatriz, que continuaba en el suelo, rodeada de sus perlas sueltas.
—Guillermo… —susurró la anciana, levantando la cara.
Tenía el rímel corrido por las mejillas, formando dos surcos negros sobre su piel arrugada.
—No me llames por mi nombre, Beatriz —dijo el hombre de cabello blanco.
Su voz era tan limpia que parecía cortada con una hoja de afeitar.
—Nosotros teníamos un acuerdo —dijo ella, arrastrándose un centímetro hacia él—. Los activos de la naviera… las acciones de la mina… Dijiste que si se casaban, todo quedaría en la familia.
Don Guillermo se agachó despacio.
Puso la rodilla derecha en el suelo, quedando a la misma altura de la mujer.
Sacó un pañuelo de seda blanca de su bolsillo superior.
—El acuerdo decía que tú cuidarías de mi hija —dijo él—. No que la usarías como blanco para la manguera de tu hijo.
—Ella no se amoldaba a la casa —chilló la anciana, perdiendo el control de la boca—. ¡No sabía comportarse como una Alarcón! ¡Era débil! ¡Lloraba por todo!
Don Guillermo miró a través del ventanal roto hacia el patio.
Diego continuaba boca abajo, con las manos sujetas a la espalda por un grillete de plástico negro de alta resistencia.
—Mi hija no es débil, Beatriz —dijo el anciano—. Solo estaba esperando a que su hijo demostrara exactamente lo que valía.
—¿Y qué vale? —preguntó ella con desprecio.
Don Guillermo se puso de pie, ajustándose el botón central de su saco azul marino.
—Valen exactamente los tres minutos que tardé en comprar la hipoteca de esta propiedad —respondió él.
Se giró hacia su secretario, un hombre joven que llevaba una carpeta de piel negra debajo del brazo.
—Ejecuta la orden de embargo —dijo Don Guillermo—. Tienen diez minutos para sacar sus cosas personales. La ropa que llevan puesta no está incluida.
Doña Beatriz dejó caer la frente contra el suelo de mármol.
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Un sollozo feo y rasposo le salió del pecho.
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