Chapter 8 - Las Llaves de Bronce

Dos días después, el coche de Don Guillermo se detuvo ante las verjas de hierro de una casa de campo a cincuenta kilómetros de la ciudad.
Las paredes eran de ladrillo visto y el tejado de teja roja estaba cubierto por una capa fina de musgo seco.
No había piscinas de mármol.
No había cámaras de seguridad giratorias.
Solo un jardín amplio lleno de hortensias azules y un viejo pozo de piedra en el centro del patio.
Lucía bajó del asiento trasero llevando a Gabriel en los brazos.
El aire del campo era limpio, frío, pero no dolía en los pulmones como el viento de la noche en la mansión.
Un hombre mayor, vestido con un peto de trabajo y botas de goma, salió al encuentro de la familia.
Llevaba un manojo de llaves de bronce enganchadas al cinturón.
—Todo está limpio adentro, señorita Lucía —dijo el hombre, quitándose la gorra con respeto—. Encendí la chimenea del salón hace dos horas para que la madera estuviera caliente.
—Gracias, Tomás —dijo ella.
Tomás miró al bebé embozado en la manta verde.
—El abuelo de la criatura mandó a traer esta mañana tres cajas de madera desde la capital —comentó el trabajador—. Tienen juguetes antiguos. Un oso de peluche al que le falta una oreja y un pato amarillo de goma.
Lucía sonrió por primera vez en semanas.
—El pato se queda en la mesa de entrada —dijo ella.
—¿Y el oso? —preguntó Tomás.
—El oso se queda en la cuna —respondió Lucía—. Para que aprenda a cuidar al niño cuando yo no esté mirando.
Don Guillermo bajó del coche y caminó hacia la entrada de la casa.
Se detuvo junto al pozo de piedra y miró el agua profunda que brillaba en la penumbra del fondo.
—Aquí no hay mangueras, Lucía —dijo el anciano.
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—Aquí solo hay agua de lluvia, papá —respondió ella, pasando por su lado sin detenerse.
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