Chapter 6 - La Habitación Blanca

El helicóptero médico aterrizó en la azotea del hospital privado a las tres y media de la madrugada.
El aire en la habitación de la planta más alta olía a antiséptico y a eucalipto fresco.
Lucía estaba acostada en una cama articulada.
Llevaba un camisón seco de algodón blanco.
Un monitor de ritmo cardíaco emitía un pitido constante, plano, suave: ochenta pulsaciones por minuto.
A su derecha, en una cuna de metacrilato transparente, el bebé dormía envuelto en una manta verde pastel.
Don Guillermo estaba sentado en un sillón de piel junto a la ventana que daba a los rascacielos de la ciudad.
Sostenía el pequeño pato de goma amarillo entre sus manos largas.
—El médico dice que la hipotermia no causó daños permanentes —dijo el padre sin mirar a su hija.
—Lo sé —respondió Lucía.
Su voz era clara. Las marcas rojas de su cara habían sido cubiertas con una fina capa de pomada regeneradora que brillaba bajo la luz de tubo.
—Tardaste demasiado en pulsar el reloj —comentó Don Guillermo.
Lucía se giró despacio en la cama, buscando con la mano la cuna de plástico.
Sus dedos rozaron la manta del recién nacido.
—Necesitaba que lo dijera —dijo ella.
—¿El qué?
—La frase —contestó Lucía—. La que su padre le dijo a él antes de morir.
Don Guillermo cerró los ojos por un segundo.
La mano que sostenía el juguete de plástico se contrajo ligeramente.
—Él dijo que tenías que someterte —murmuró el anciano.
—No —corregió Lucía—. Dijo que yo tenía que aprender. Es diferente.
La puerta de la habitación se abrió suavemente.
El médico jefe entró con una tablilla de aluminio en la mano.
—Señor Alarcón —dijo el médico en tono bajo—. Los abogados del señor Diego están abajo en recepción. Quieren presentar una fianza por la detención ilegal.
Don Guillermo no se movió de su silla.
—Diles que la fianza fue fijada por el juez de guardia en diez millones de dólares —dijo el padre—. Y que las oficinas de mi banco cierran hasta el lunes por la mañana.
El médico asintió en silencio y se retiró cerrando la puerta sin hacer ruido.
Lucía miró el techo blanco de la habitación.
—Él cree que el bebé es suyo —dijo ella en un susurro.
Don Guillermo se levantó del sillón.
Caminó hacia la cuna y miró el rostro pequeño del niño que dormía placenteramente.
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—El bebé solo pertenece a quien lo protege del agua fría —dijo el anciano.
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