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El Llanto sobre el Agua Fría / Chapter 10 / 10

Chapter 10 - La Lluvia que Sana

Un año después, la lluvia volvía a caer con fuerza sobre la casa de campo.

Las gotas golpeaban las tejas rojas con un ritmo alegre, como el de unos dedos pequeños tocando un tambor de madera.

Lucía estaba sentada en el porche de entrada, dentro de una mecedora de mimbre.

Gabriel, que ya gateaba por el suelo de madera limpia, intentaba alcanzar una gota de agua que caía desde el canalón de la cocina.

El niño estiraba la mano pequeña, riéndose cada vez que el agua le salpicaba los dedos.

—No quema —dijo el niño en su lenguaje mediañero, mirando a su madre.

Lucía lo levantó en su regazo y le secó la mano con el borde de su jersey de lana beis.

—El agua de lluvia nunca quema, mi amor —dijo ella.

Un coche negro se detuvo al final del camino de tierra.

Don Guillermo bajó del vehículo sosteniendo un paraguas abierto de color negro.

Caminó hacia el porche con pasos lentos, disfrutando del olor a tierra mojada que subía desde las plantas de hortensias.

Se quitó el sombrero antes de subir los escalones de madera y lo dejó sobre la mesa de entrada, justo al lado del pato amarillo de goma.

—El juicio de divorcio ha quedado cerrado esta mañana —dijo el anciano, sentándose en el banco contiguo.

Lucía acomodó a Gabriel sobre sus piernas.

—¿Qué pasó con Diego? —preguntó ella sin alterar el tono de su voz.

—Salió de la cárcel ayer —contestó Don Guillermo—. Aceptó un trabajo en las minas del norte. Un puesto de peón en el turno de la noche.

Lucía miró a la lluvia que caía sobre el jardín.

Las hortensias azules se doblaban suavemente bajo el peso del agua, levantándose más fuertes cada vez que la ráfaga de viento pasaba.

—¿Y doña Beatriz?

—Está en la residencia del valle —dijo el padre—. Pasa el día limpiando las baldosas del patio interior con un trapo seco. Dice que están húmedas, aunque no haya llovido en meses.

Lucía cerró los ojos por un instante, escuchando la respiración tranquila de su hijo sobre su pecho.

El niño se había dormido abrazando la oreja rota del viejo oso de peluche marrón.

—El agua limpia lo arregla todo, papá —dijo Lucía.

Don Guillermo sonrió, una sonrisa pequeña y cansada que arrugó los bordes de sus ojos claros.

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—Solo si sabes esperar a que pare la tormenta, hija —respondió el anciano.

La lluvia continuó cayendo durante toda la tarde sobre las colinas Verdes, lavando cada rincón de la casa de madera, hasta que el cielo se abrió por completo, dejando al descubierto un sol limpio que hizo brillar el agua acumulada en las tejas como si fuera oro líquido.

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