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Chapter 4 - La Luz Roja

El rugido de los motores de dos helicópteros apagó cualquier otro sonido sobre el patio.

Dos focos de luz blanca, de diez mil vatios cada uno, bajaron desde el cielo nocturno, convirtiendo el agua azul de la piscina en un espejo hirviente de luz.

Las palmeras del jardín se doblaron bajo la fuerza del viento provocado por las hélices.

Doña Beatriz cayó de rodillas sobre la hierba húmeda, cubriéndose la cabeza con los brazos.

Sus perlas se engancharon en el borde de su vestido de seda beis, rompiéndose el hilo.

Las esferas blancas rodaron por las losas, cayendo una a una al agua de la piscina.

—Veinte segundos —dijo el altavoz, aunque apenas se oía por el ruido de las aeronaves.

Cuatro sombras descendieron por cuerdas desde la parte superior del muro perimetral.

Llevaban uniformes negros sin insignias y rifles de asalto colgados al pecho.

Diego se levantó de golpe, levantando las manos abiertas a la altura de sus orejas.

—¡Es un error! —gritó Diego hacia la luz del foco—. ¡Es mi esposa! ¡Tengo derecho a educar a mi esposa!

Uno de los hombres uniformados avanzó sin responder.

Le propinó una patada seca en la parte posterior de la rodilla derecha.

Diego cayó de bruces sobre las baldosas mojadas, golpeándose la barbilla contra la piedra.

Un hilo de sangre delgada empezó a manchar la superficie donde segundos antes había caído el agua de la manguera.

—Diez segundos —dijo la voz desde el panel interior.

Un segundo hombre vestido de negro se arrodilló al lado de Lucía.

Se quitó la chaqueta táctica de lana pesada y la colocó con infinita delicadeza sobre los hombros empapados de la mujer.

—Señorita Alarcón —dijo el hombre, con una voz baja y profesional—. El helicóptero médico está listo en la cancha de tenis.

Lucía extendió el brazo derecho.

En su mano llevaba el pequeño pato de goma amarillo, recuperado del borde del agua.

—Mi papá vino —dijo ella.

—Sí, señorita —respondió el oficial—. Su padre está en la línea tres.

Lucía cerró los ojos y apoyó la cabeza contra el chaleco del hombre armado.

A dos metros de distancia, Diego intentó levantar la cabeza del suelo.

Un zapato militar le presionó la espalda contra la piedra.

—Lucía… —alcanzó a pronunciar Diego con la boca llena de agua y sangre—. Diles quién soy… Diles que me amas…

Lucía no se giró a mirarlo.

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—Cero —dijo el altavoz.

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