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Chapter 2 - El Ojo de Cristal

El zumbido del motor rompió la monotonía del agua cayendo.

Era un sonido mecánico, agudo, que venía desde lo alto de la pared de piedra.

Diego se detuvo.

La cámara de seguridad de carcasa blanca, instalada junto al reflector principal, giró noventa grados sobre su eje.

El lente negro enfocado directamente sobre la espalda de Diego.

—¿Qué demonios es eso? —preguntó él.

Bajó la manguera un par de centímetros.

El agua volvió a fluir de forma tranquila sobre el borde de la piscina, teñida de azul por las luces sumergidas.

Doña Beatriz dio dos pasos hacia adelante.

Sus taconazos de tono neutro resonaron secos sobre las losas.

—Tú dijiste que habías desactivado todo el circuito del patio, Diego —dijo la mujer, apretando el chal contra su pecho.

—Lo hice —contestó él, con una sombra de duda cruzándole los ojos oscuros.

En el interior de la casa, detrás del gran ventanal de cristal blindado, una pantalla plana de sesenta pulgadas se encendió de golpe.

La luz azul del monitor atravesó el vidrio, proyectando una sombra gigantesca de Diego sobre la pared.

En la pantalla no había una grabación.

Había una transmisión en vivo dividida en dos cuadrantes.

A la izquierda, la escena del patio: Lucía encogida en el suelo, la manguera y el agua.

A la derecha, un despacho tapizado en madera de nogal.

Un hombre mayor, de cabello completamente blanco y traje cruzado color azul marino, miraba fijamente hacia la cámara.

Sostenía un micrófono de cuello de cisne entre sus dedos huesudos.

Diego dio tres pasos hacia atrás.

La manguera de plástico se le resbaló de la mano derecha, cayendo al suelo con un chasquido sordo.

—No… —musitó doña Beatriz.

El collar de perlas de la anciana pareció pesarle tonelada sobre el cuello.

Lucía levantó la cabeza muy despacio.

El agua salada de sus ojos le impedía ver con claridad, pero reconoció la silueta reflejada en el cristal del ventanal.

Un altavoz disimulado en el cornisa del patio emitió un chasquido de estática.

—Tienes sesenta segundos para apagar ese chorro y llevar a mi hija hacia adentro —dijo la voz del altavoz.

La voz no era fuerte.

Era la voz de un hombre que nunca había necesitado gritar para que la gente destruyera sus propias vidas.

Diego miró sus manos vacías.

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Un temblor imperceptible comenzó a subirle por la muñeca derecha.

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