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El sabor de la crema amarga / Chapter 10 / 10

Chapter 10 - La vela encendida

La comisaría del distrito cuatro olía a café rancio y a papel mojado.

Un reloj de pared marcaba las seis y media de la tarde. El segundero avanzaba con un clic metálico y pesado.

Maya estaba sentada en un banco de madera barnizada.

A su lado, su padre llevaba una camisa limpia, aunque arrugada por el paso del tiempo en el armario.

Un agente de policía, con el uniforme desabrochado en el cuello, leía la declaración escrita por Maya.

En la mesa del agente, el teléfono móvil de Maya reproducía el video de veintinueve segundos en bucle.

Se veía la mano de Brenda empujando el pastel.

Se veía la llama de la vela dorada apagándose contra la cara de Maya.

Se veía la bofetada. Y luego, el momento exacto en que Maya dejaba la vela encendida en la hierba.

El agente miró la pantalla. Luego miró a Maya.

—Esto es una alteración del orden público y una agresión menor por ambas partes —dijo el agente—. ¿Están seguros de que quieren formalizar la denuncia? Esto irá al juzgado de paz.

—Sí —dijo Tomás.

El hombre no dudó. Su voz sonó clara en la sala vacía.

El agente asentó con la cabeza y empezó a teclear en su ordenador viejo.

El teclado sonaba como una ametralladora lejana.

Maya miró por la ventana de la comisaría.

El sol se estaba poniendo detrás de los edificios de ladrillo.

El cielo tenía un color naranja sucio, mezclado con el humo de la ciudad.

Un coche de policía entró en el aparcamiento con las luces apagadas.

Maya sacó su teléfono de la mesa cuando el agente terminó de imprimir el folio.

Firmó en la parte inferior. Esta vez, la firma fue rápida, sin dudar.

Salieron a la calle.

El aire de la noche era fresco. Ya no olía a dulce ni a merengue seco.

Caminaron juntos hacia la parada del autobús.

—¿A dónde vamos a ir si nos echan del piso? —preguntó Maya en voz baja.

Tomás se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta.

—Tu tía Elena tiene un taller de costura en el sur —dijo Tomás—. Necesita a alguien que maneje las cuentas y a alguien que sepa cambiar el aceite a las máquinas.

Un autobús se detuvo frente a ellos con un resoplido de frenos de aire.

La puerta se abrió.

Maya subió primero. Tomás la siguió.

Se sentaron en los mismos asientos del fondo.

Maya miró su reflejo en la ventanilla oscura.

Su cara estaba limpia. La piel de la mejilla ya no estaba roja.

Saco del bolsillo la pequeña vela dorada que había recogido de la hierba del parque antes de irse.

La mecha estaba quemada en la punta, pero la cera aún tenía la forma redonda.

Se la entregó a su padre.

Tomás tomó la vela entre sus dedos grandes y ásperos.

La miró durante un segundo largo.

Luego, la guardó en el bolsillo de su camisa, justo sobre el corazón.

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El autobús avanzó por la avenida iluminada por los carteles neón de los comercios.

La ciudad pasaba rápido al otro lado del cristal, como una cinta de video que nadie podía detener.

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