Chapter 8 - La llamada del taller

El sol del mediodía pegaba directo sobre la puerta de hierro del taller mecánico.
El olor a aceite quemado y a gasolina llenaba el ambiente.
Tomás estaba debajo de un coche viejo, levantado por un gato hidráulico.
Sus piernas sobresalían por debajo del chasis, vestidas con un mono azul lleno de manchas negras.
Maya se detuvo en la entrada del taller.
El ruido de una pistola neumática resonaba contra las paredes de chapa.
Tat-tat-tat-tat.
Maya esperó a que el ruido cesara.
—Papá —dijo.
Las piernas de Tomás se movieron. Se deslizó hacia afuera sobre su tabla con ruedas.
Se limpió la frente con la manga del mono, dejando una raya de grasa sobre sus cejas.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Tomás—. Deberías estar en clase.
—Me expulsaron —dijo Maya.
Tomás no se levantó de la tabla. Se quedó acostado, mirando a su hija desde el suelo.
Sus ojos parecían más hundidos que la noche anterior.
—El dueño llamó hace diez minutos —dijo Tomás. Su voz salió plana, sin rabia, solo vacía—. Me dijo que no vuelva mañana.
Maya sintió un nudo amargo en el estómago.
Se agachó al lado de su padre, sobre el suelo de cemento lleno de manchas de aceite.
—Tengo el video completo, papá. Ella me atacó primero. Puedo ir a la policía.
Tomás se incorporó despacio. Se sentó en la tabla, abrazando sus rodillas.
Tenía las manos llenas de cortes pequeños y cicatrices viejas.
—La policía no come, Maya —dijo Tomás—. El alquiler se paga el día cinco.
—Podemos buscar otro sitio —dijo Maya.
—Tengo cincuenta y dos años —dijo el hombre, mirando las manchas de aceite del suelo—. Nadie contrata a un mecánico viejo con un informe de despido por mala conducta de su familia.
Maya sacó de su bolsillo el muñeco roto de plástico.
Lo dejó en la palma de la mano de su padre.
Tomás miró la pieza de plástico sin oreja.
—Lo encontraste cuando tenías ocho años —murmuró Tomás—. Decías que estaba enfermo y que había que curarlo.
—Aún está roto —dijo Maya.
Tomás cerró la mano sobre el juguete. Sus nudillos crujieron.
—Tu madre siempre decía que eras igual de terca que la marea —dijo el hombre, mirando hacia la calle soleada—. Si la marea viene, no hay nada que la pare. Pero la marea tampoco limpia la casa.
Un coche negro se detuvo en la entrada del taller.
Era un sedán de lujo con los cristales tintados.
La ventanilla trasera bajó despacio.
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El padre de Brenda miró hacia el interior del taller.
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