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El sabor de la crema amarga / Chapter 3 / 10

Chapter 3 - El rastro de azúcar

El autobús de la línea 44 olía a gasóleo y a humedad acumulada.

Maya subió los dos escalones. El conductor no la miró a la cara; solo contó las monedas que ella dejó en el cristal.

Las monedas quedaron manchadas de una pátina blanca y pegajosa.

Maya caminó hasta el fondo. Se sentó en el último asiento de plástico gris.

Nadie se sentó a su lado.

El reflejo de la ventanilla le devolvió una imagen extraña.

Su cabello rizado estaba endurecido en el lado derecho. La cara parecía cubierta por una máscara de yeso seco.

Un anciano sentado tres filas adelante se giró levemente.

El hombre llevaba una chaqueta de lana gastada. Un olor a tabaco rancio lo envolvía.

Miró la mejilla de Maya. Luego miró sus manos limpias pero temblorosas.

—¿Te cayó la lluvia de arriba o la de abajo, niña? —preguntó el viejo.

Maya no respondió. Fijó la vista en los cables de alta tensión que pasaban por la calle.

—Cuando la crema se seca —dijo el viejo, volviéndose hacia el frente—, pica más que las pulgas.

El autobús frenó bruscamente en la avenida San Martín.

Maya bajó en la esquina de la panadería abandonada.

El barrio olía a fritura y a humo de escape. Era un olor conocido, denso, que se le metía en la garganta.

Caminó cuatro cuadras hasta el edificio de ladrillos vistos.

El timbre del portal número 3B estaba arrancado. Se veían los cables rojos y azules colgando.

Subió las escaleras de cemento sin encender la luz del pasillo.

Cada escalón producía un eco seco.

Llegó a la puerta de su departamento. La pintura verde se descascaraba en los bordes.

Buscó la llave en el bolsillo de sus vaqueros.

Sus dedos tropezaron con un trozo de plástico duro.

Era la cabeza rota de un muñeco de plástico que había encontrado en el parque tres años atrás.

Tenía una sola oreja.

Maya abrió la puerta.

El departamento estaba a oscuras. La única luz entraba por la ventana de la cocina, cortada por las persianas metálicas.

Su padre estaba sentado en el sillón de cuerina marrón.

Tenía los pies sobre una caja de cartón llena de cables viejos.

No levantó la vista del periódico.

—Llegas tarde —dijo el hombre.

Un plato con restos de salsa de tomate fría descansaba sobre la mesa baja.

Maya cerró la puerta con el talón.

—Había tráfico —dijo ella.

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El hombre bajó el periódico dos centímetros. Sus ojos amarillentos por el cansancio enfocaron la cara de su hija.

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