Chapter 6 - El pasillo de azulejos

El pasillo de la Universidad de Ciencias Aplicadas olía a cera de suelo y a cloroformo.
Los azulejos blancos de la pared reflejaban las luces fluorescentes que zumbaban en el techo.
Maya caminaba con la mochila colgada de un solo hombro.
Llevaba una sudadera negra con la capucha levantada.
A su paso, los murmullos bajaban de tono, pero las miradas se desviaban hacia ella.
Dos chicas junto a los taquilleros guardaron sus teléfonos rápidamente cuando Maya pasó cerca.
Una de ellas soltó una risita ahogada detrás de su mano.
Maya no aceleró el paso.
Sus zapatillas sonaban con un chasquido seco contra el suelo recién fregado.
Llegó a la puerta de la oficina de Decanato.
El marco era de madera oscura, bien barnizada. Tenía una placa de bronce pulido: Dr. H. Vance.
Maya llamó con los nudillos. Dos golpes secos.
—Adelante —dijo una voz desde el interior.
Maya giró el pomo de metal helado.
La oficina era amplia. Olía a papel viejo y a café recién hecho.
El Dr. Vance estaba sentado detrás de un escritorio de roble.
A su derecha, sentada en una silla de cuero negro, estaba Brenda.
Brenda llevaba un cuello alto de color crema que le cubría la garganta.
Tenía un pequeño parche de esparadrapo en la mejilla izquierda.
A su lado, un hombre alto con traje gris y corbata azul miraba por la ventana.
Era el padre de Brenda, el dueño del taller donde trabajaba Tomás.
—Cierra la puerta, Señorita Maya —dijo el Dr. Vance.
Maya no cerró la puerta. La dejó entornada dos centímetros.
—Ciérrela —insistió el Decano.
Maya usó el talón para empujar la madera hasta que el pestillo hizo un clic definitivo.
Se quedó de pie en el centro de la alfombra verde.
—Supongo que sabes por qué estás aquí —dijo el Dr. Vance, señalando una carpeta roja sobre su escritorio.
—El video —dijo Maya.
El hombre del traje gris se giró despacio. Sus zapatos de cuero caro no hacían ruido.
Tenía los mismos ojos azules y fríos que su hija.
—El video muestra un acto de agresión no provocada dentro del campus universitario —dijo el padre de Brenda.
Sostuvo las manos cruzadas a la altura de la cintura.
—Mi hija tiene un traumatismo leve en la mandíbula. Y su ropa quedó arruinada.
Maya miró a Brenda.
Brenda mantenía la vista fija en la punta de sus botas de marca.
Tenía las manos cruzadas sobre el regazo. Sus dedos apretaban una servilleta de papel haciéndola pedazos.
—Ella me tiró la tarta a la cara —dijo Maya.
—No hay pruebas de eso en el registro audiovisual —interrumpió el Decano—. Lo que tenemos es un video con mil compartidos donde usted golpea a la alumna Brenda.
—Hay un niño —dijo Maya.
El Decano frunció el ceño.
—¿Un niño?
—En el parque había un niño. Vio todo. Su madre lo sacó de allí.
El padre de Brenda dejó escapar una risa corta, sin ganas.
—No vamos a citar a niños anónimos para justificar una agresión física, Señorita. La universidad tiene un código de conducta estricto.
El hombre avanzó dos pasos hacia Maya.
—Tu padre trabaja en mi empresa de logística desde hace diez años —dijo el hombre en voz baja—. Es un hombre cansado. Sería una lástima que tuviera que buscar trabajo a su edad por culpa de la mala conducta de su hija.
Maya sintió que el aire de la habitación se volvía denso, como el merengue de la tarde anterior.
El muñeco roto dentro de su bolsillo parecía pesar un kilo.
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Sus dedos se clavaron en la tela de la sudadera.
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