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El sabor de la crema amarga / Chapter 4 / 10

Chapter 4 - La cocina de hierro

El padre de Maya, Tomás, dejó caer el periódico sobre sus rodillas.

El papel hizo un ruido seco, como de hojas secas al ser pisadas.

—¿Qué te pasó en la cara? —preguntó.

Tomás no se levantó. Su mano derecha, gruesa y con las uñas negras de grasa de motor, permaneció sobre el apoyabrazos.

—Pastel —dijo Maya.

—¿Pastel?

—Cumplí veintiuno, papá. Hoy.

Tomás miró la pared de enfrente. En el calendario del taller mecánico de 2024, la fecha de hoy no tenía ningún círculo.

Se hizo un silencio largo. Solo se oía el zumbido del refrigerador viejo en la esquina.

—Tu madre solía hacer tarta de manzana —dijo Tomás. Su voz sonó metálica.

—Mamá no está —respondió Maya.

Se acercó al fregadero de la cocina.

Abrió el grifo del agua fría. El tubo de cobre vibró con un gruñido antes de soltar un chorro marrón que luego se volvió transparente.

Maya se inclinó sobre la pila de platos sucios.

Se echó agua en la cara con las dos manos.

El merengue seco se disolvió despacio, volviéndose una pasta resbaladiza entre sus dedos.

El agua fría le hizo doler los dientes.

—Esa chica, la pelirroja —dijo Tomás desde el salón—, llamó por teléfono hace diez minutos.

Maya se detuvo con las manos llenas de agua.

El agua goteaba desde su barbilla hacia el metal del fregadero.

Plop. Plop.

—¿Qué dijo? —preguntó Maya sin girarse.

—Dijo que le debes una chaqueta. Que tu padre es un muerto de hambre que no sabe pagar las deudas.

Maya cerró el grifo con fuerza. El goteo cesó.

Se limpió la cara con un trapo de cocina raído que olía a humedad.

—No le debo nada —dijo Maya.

—Las deudas no se eligen, Maya —dijo Tomás, poniéndose de pie.

Sus rodillas crujieron. Llevaba una camiseta interior blanca con manchas amarillas bajo las axilas.

Caminó hacia la cocina. Sus pasos eran pesados, arrastrando las chanclas de goma.

Se detuvo a medio metro de ella. Olay a tabaco barato y a alcohol de quemar.

—Esa familia tiene el taller donde trabajo —dijo Tomás, mirando el trapo sucio en las manos de Maya—. Si el dueño me echa, no hay para el alquiler del mes que viene.

Maya levantó la vista.

Tenía los ojos rojos por la crema y el agua fría.

—Me tiró la tarta a la cara delante de todos, papá.

—Te hubieras limpiado y te hubieras reído —dijo Tomás. Su voz no tenía rabia, solo una apatía helada—. Es lo que hace la gente que necesita comer.

Maya apretó el trapo contra la palma de su mano.

Sentía la forma redonda del muñeco roto en su bolsillo, hundiéndose en su muslo.

—Yo no me río —dijo Maya.

—Entonces vas a aprender a pasar hambre —contestó su padre.

Salió de la cocina y cerró la puerta de su dormitorio.

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El golpe hizo temblar el vaso de plástico que estaba sobre la mesa.

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