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El sabor de la crema amarga / Chapter 2 / 10

Chapter 2 - Fricción en el césped

El impacto de los dos cuerpos sonó como un saco de harina cayendo al suelo.

Brenda agarró el cuello de la camiseta beis de Maya. Las costuras se rasgaron.

Maya no gritó. Metió el brazo entre las manos de Brenda y apalancó hacia afuera.

La tela de la chaqueta verde de Brenda raspó la piel del brazo de Maya.

Un zapato volar de lado. Era la zapatilla blanca de Brenda.

El público improvisado retrocedió un paso, pero nadie bajó la pantalla del teléfono.

—¡Graba esto! —gritó un chico desde atrás.

Maya esquivó un puñetazo torpe. El aire le rozó la oreja caliente.

Atrapó a Brenda por la cintura y usó el peso de su propio cuerpo para empujar.

Ambas cayeron sobre la hierba.

La espalda de Brenda chocó contra la tierra dura con un golpe seco.

El aire salió de los pulmones de Brenda en un silbido largo.

Maya quedó encima. La crema de su cara se traspasó a la mejilla de Brenda.

Las dos respiraban entrecortadamente. El sudor mezclado con azúcar olía a leche agria.

Brenda intentó levantar la rodilla, pero Maya le bloqueó la pierna con la suya.

—Pide perdón —dijo Maya, pegando su rostro al de Brenda.

Brenda escupió hacia un lado. Un trozo de césped pegado a su labio saltó.

—Jamás —dijo Brenda con los dientes apretados—. Tu padre es un ladrón y tú eres una...

Maya no la dejó terminar.

Le sujetó las dos muñecas contra la tierra. Las articulaciones de Brenda crujieron levemente.

En la orilla del parque, la madre del niño tiraba de su hijo para alejarlo.

El niño se giró hacia atrás mientras caminaba de espaldas.

—Mira, mamá —dijo el niño, viendo las manos de Maya sobre el suelo—. Le está pegando las manos a la tierra.

—Cállate, Leo —murmuró la madre, apurando el paso.

Maya soltó las muñecas de Brenda. Se puso de pie con lentitud.

Su respiración era profunda, constante, como el motor de un coche viejo.

Brenda se quedó tendida, mirando el cielo azul sin nubes.

Tenía la chaqueta cubierta de barro y la cara manchada de merengue ajeno.

Maya caminó hacia la mesa de madera.

Entre los restos de crema derretida y migas aplastadas, una pequeña vela dorada seguía intacta.

La mecha estaba intacta, seca.

Maya la tomó con dos dedos. Sus uñas tenían tierra y merengue bajo los bordes.

Regresó hacia donde Brenda intentaba incorporarse apoyando los codos.

Maya se agachó. Dejó la vela dorada sobre la hierba, a tres centímetros de la nariz de Brenda.

—La próxima vez —dijo Maya, mirando fijamente la pupila dilatada de Brenda—, trae un regalo de verdad.

Maya se dio la vuelta.

Caminó recta hacia la salida del parque. No se limpió la cara.

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Las miradas de los desconocidos se abrían a su paso como el agua roja.

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