Chapter 7 - El valor de las cosas

—Si firma esta carta de disculpa pública —dijo el Dr. Vance, deslizando una hoja de papel blanco sobre el roble—, y si acepta tres semanas de suspensión, la familia de Brenda no presentará cargos formales.
La hoja de papel tenía el sello oficial de la universidad en la esquina superior.
El texto estaba impreso en letras negras, perfectamente alineadas.
"Yo, Maya, reconozco mi falta de control emocional..."
Maya leyó las tres primeras líneas sin tocar el papel.
Brenda levantó la vista por primera vez.
Había una sombra de triunfo en sus ojos, pero sus labios temblaban ligeramente.
—Es una oferta muy generosa —añadió el padre de Brenda, mirando su reloj de pulsera dorado.
Maya extendió la mano derecha.
Tomó la pluma estilográfica que estaba al lado del papel. Era de metal pesado, fría al tacto.
Sintió la mirada de los tres hombres y de Brenda sobre su mano.
Apoyó la punta de la pluma sobre la línea de la firma.
Una pequeña gota de tinta negra se absorbió en el papel, creando un punto oscuro.
Maya miró el punto.
Pensó en la cara de su padre anoche, comiendo la salsa fría sobre el sillón roto.
Pensó en sus propias manos lavándose en el agua marrón de la cocina.
Lentamente, cerró la pluma con un clic metálico.
La dejó sobre el escritorio.
—No voy a firmar —dijo Maya.
El Dr. Vance suspiró, recostándose en su sillón de cuero.
—Señorita Maya, si no firma, la expulsión es inmediata. Y el expediente irá a la policía.
—Que vaya —dijo Maya.
Dio un paso hacia atrás, alejándose del escritorio.
—El video original dura veintinueve segundos —dijo Maya mirando directamente a Brenda—. Lo grabó el chico de la chaqueta azul, el amigo de tu hermano.
Brenda se puso pálida. La servilleta en sus manos se rompió por completo.
—El chico de la chaqueta azul quería una cita contigo —continuó Maya—. Pero tú te reíste de él la semana pasada en el gimnasio.
—Maya, cállate —murmuró Brenda. Su voz ya no era la de la chica victoriosa del parque.
—Él no borró el video completo —dijo Maya—. Me lo mandó a las cuatro de la mañana con un mensaje que decía: "Por si te sirve para hundirla".
El padre de Brenda miró a su hija. Sus cejas se juntaron en una línea recta.
—¿De qué está hablando esta chica, Brenda? —preguntó el hombre.
Maya no esperó a que Brenda respondiera.
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Giro sobre sus talones, abrió la puerta de madera y salió al pasillo de azulejos.
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