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El sabor de la crema amarga / Chapter 9 / 10

Chapter 9 - La luz bajo el chasis

El hombre del traje gris no bajó del coche.

Apoyó el brazo en el marco de la ventanilla.

—Tomás —llamó el hombre.

Tomás se levantó despacio. Dejó el muñeco de plástico sobre el capó del coche viejo.

Caminó hacia el sedán negro con los pasos pesados de siempre.

Maya lo siguió a dos pasos de distancia.

—Tengo el video completo en mi teléfono —dijo Maya antes de que su padre pudiera hablar.

El hombre del traje gris la miró de arriba abajo.

—Tu video no importa, niña —dijo el hombre—. La reputación de mi hija vale más que diez videos en internet. Un par de miles de seguidores no cambian la verdad de los negocios.

—Importa para la universidad —dijo Maya—. Si subo el video completo, la suspensión será para ella.

El hombre sonrió. Una sonrisa fina, fría, de quien conoce los números.

—¿Y quién te va a creer a ti? —preguntó—. Una chica del barrio bajo contra la hija del patrocinador principal de la facultad de derecho.

El hombre miró a Tomás.

—Te doy hasta mañana para que tu hija firme la disculpa. Si firma, te mantengo el sueldo y les pago el alquiler de este mes. Si no, hoy es tu último día en la ciudad.

La ventanilla del coche empezó a subir.

Bzzzz.

El cristal tintado ocultó el rostro del hombre.

El coche aceleró, dejando una nube de humo negro que flotó sobre el taller.

Tomás se quedó mirando la calle vacía.

Maya apretó los dientes. Sintió el impulso de correr tras el coche, de tirar una piedra contra el cristal trasero.

Pero sus pies permanecieron pegados al cemento.

Tomás se giró despacio. Caminó de regreso hacia el coche levado por el gato hidráulico.

Tomó la linterna de taller, una luz amarilla y potente envuelta en plástico protector.

Se tumbó de nuevo en la tabla de madera.

—Papá —dijo Maya.

—Pásame la llave del doce —dijo Tomás desde debajo del chasis.

Maya buscó en la caja de herramientas. Sus dedos fríos tocaron el metal de las llaves.

Tomó la llave del doce. Se agachó y se la extendió por debajo del coche.

La mano sucia de su padre tomó la herramienta.

—Vas a ir a la policía —dijo Tomás desde la oscuridad de la carrocería.

Maya se congeló en su posición agachada.

—¿Qué? —preguntó.

—Dije que vas a ir a la policía. Y luego vas a subir ese video a todas partes.

La luz amarilla de la linterna parpadeó debajo del motor.

—Pero tu trabajo... —empezó Maya.

—Ese hombre cree que mi trabajo vale un pedazo de papel firmado —dijo la voz de Tomás, acompañada por el sonido de un tornillo cediendo—. Yo llevo treinta años arreglando cosas rotas. Sé cuándo algo ya no tiene arreglo.

Maya miró el muñeco de plástico sobre el capó.

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La luz del sol pegaba directo sobre la cabeza sin oreja.

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