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El Sabor del Silencio / Chapter 1 / 10

Chapter 1 - La Aguja Verde

El líquido resplandecía bajo la única bombilla que colgaba del techo de caoba.

Era un verde venenoso, eléctrico, que parecía pulsar dentro del cristal de la jeringa.

Mateo no pestañeó.

Sentía la presión fría de los dedos de un matón sobre sus hombros. Dos sombras gigantescas custodiaban la puerta del estudio, reducidas a manchas borrosas por la penumbra de la habitación.

Julián inclinó la cabeza.

Su cabello rubio, perfectamente peinado hacia atrás, no tenía un solo hilo fuera de lugar. Su sonrisa era pequeña, afilada como un bisturí.

—Solo una dosis —murmuró Julián.

El metal rozó la piel del cuello de Mateo, justo encima de la carótida.

Mateo sintió el temblor imperceptible de la aguja. Los nudillos de sus propias manos se pusieron blancos mientras se agarraba con fuerza de las solapas de su saco negro.

—Cuando lo pruebes, entenderás por qué tantos dan la vida por esto —añadió el joven rubio.

La voz de Julián no tenía rabia.

Tenía esa calma terrible de los niños que arrancan las alas a las mariposas solo para ver cómo caen.

El reloj de bolsillo de Mateo, prendido de su chaleco con una cadena de plata, marcaba las tres de la mañana.

El tic-tac no se oía. Solo se escuchaba la respiración pesada de las sombras a sus espaldas.

—No lo haces por el dinero —dijo Mateo.

La voz del viejo abogado sonó rasposa, golpeada por la humedad de la bodega.

Julián sonrió un poco más. Apretó el émbolo unos milímetros.

Una pequeña gota verde brotó de la punta de la aguja y corrió por la piel del cuello de Mateo.

Era helada.

—Lo hago por la mirada que pones justo ahora —contestó Julián.

En el rincón de la mesa de roble, una caja de música de madera rota tenía la tapa levantada. Un bailarina de plástico sin una pierna permanecía inmóvil sobre el mecanismo oxidado.

Mateo fijó los ojos en la bailarina.

Sus dedos, ríspidos por décadas de firmar folios y sostener vasos de whisky barato, apretaron el paño de su saco hasta que las costuras crujieron.

—Tu padre no quería esto para ti —dijo Mateo.

El rostro de Julián se congeló.

La sonrisa desapareció en un instante, borrada por una rigidez repentina en los pómulos.

—No nombres a mi padre.

—Tenía el mismo reloj —dijo Mateo, desviando la mirada hacia la aguja—. Murió intentando vaciar este frasco en el caño.

Julián bajó la mano un centímetro. La aguja dejó un rastro húmedo y verde sobre la camisa blanca del anciano.

Las dos sombras junto a la puerta se movieron apenas, sus suelas de cuero chirriando contra el parquet antiguo.

—Él era débil —dijo Julián.

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—No —respondió Mateo—. Tenía miedo de ver en lo que te ibas a convertir.

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