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El Sabor del Silencio / Chapter 6 / 10

Chapter 6 - La Sombra del Padre

Mateo metió la mano en el bolsillo interior de su saco negro.

Sacó una pequeña llave de latón, desgastada y doblada en la punta.

La depositó en la mano abierta de Julián, la misma mano que segundos antes sostenía la falsa amenaza de muerte.

—Esa es la llave de la casa del lago —dijo Mateo—. La casa donde tu madre sembraba hortensias antes de que todo esto empezara.

Julián miró la llave sin tocarla.

Una lágrima corrió por su mejilla, limpiando una franja de polvo en su piel pálida.

—Allá no hay nada —dijo el joven—. Todo se quemó.

—Las paredes siguen en pie —dijo Mateo—. Y el pozo tiene agua limpia.

El guardia alto miró su reloj de pulsera.

—Don Mateo, tenemos que salir de aquí. Las patrullas ya cruzaron el puente del sur.

Mateo apoyó la mano en el hombro de Julián.

Esta vez no había presión. No había cuerdas ni matones sujetándolo. Solo el peso cansado de una mano que había sostenido demasiado dolor ajeno durante cincuenta años.

—Tu padre no era un santo, Julián —dijo el viejo abogado—. Cometió errores que pagó con su sangre en este mismo suelo. Pero la última orden que me dio no fue que te vengara.

Julián levantó la cabeza. Sus ojos rubios, antes llenos de una furia helada, parecían ahora dos cristales rotos.

—¿Qué te pidió? —susurró el chico.

—Me pidió que te enseñara a plantar tomates sin que te mancharas las manos de tierra negra —dijo Mateo.

El anciano se puso de pie con lentitud.

Le hizo una seña a los dos hombres para que avanzaran hacia la puerta trasera, la que daba al callejón de los callejones de servicio.

—El coche está esperando abajo —dijo el guardia de cuero—. Nos llevará a la frontera antes del amanecer.

Julián no se movió del suelo.

Sostenía la llave de latón con el pulgar, apretándola contra el vientre del oso de peluche hasta que el metal le hizo daño en la piel.

—No sé cómo vivir allá —dijo el joven hacia la puerta.

Mateo se detuvo en el umbral.

El sombrero de ala ancha descansaba sobre el perchero de la entrada. Lo tomó con la mano derecha y se lo colocó sobre la cabeza, ocultando los mechones de cabello cano.

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—Se empieza por abrir las ventanas —dijo Mateo—. El resto viene solo.

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