Chapter 4 - La Fuerza de las Manos

El crujido fue rápido, como el chasquido de un látigo seco.
Mateo no esperó a que el joven procesara sus palabras.
Con un movimiento seco y violento, separó los codos. La cuerda de esparto, podrida por la humedad de los años en que estuvo guardada en el sótano, cedió en el centro con un desgarrón ruidoso.
Sus brazos quedaron libres.
Las dos sombras del fondo reaccionaron tarde, dando un paso adelante con las manos metidas debajo de las chaquetas.
—¡Atrás! —ordenó Mateo.
Su voz no sonó como la de un prisionero. Sonó con el retumbo seco de los jueces cuando golpean el mazo en las salas de audiencia.
Julián dio un brinco hacia atrás, tropezando con el borde de la alfombra.
La aguja verde se elevó de instinto, buscando el rostro del anciano.
Mateo no se levantó de la silla.
Se limitó a extender la mano izquierda, mostrando la muñeca desnuda donde el reloj de pulsera reflejaba la luz de la bombilla.
—Se acabó el juego, Julián.
El joven rubio miró la cuerda rota que colgaba de los brazos del sillón.
Un pedazo de esparto deshilachado yacía sobre la alfombra como una serpiente muerta.
—¿Cómo…? —balbuceó Julián.
—Compraste la cuerda en la ferretería de la esquina —dijo Mateo, acomodándose las solapas de su saco negro con parsimonia—. Don Tomás no vende cáñamo nuevo desde 1998. Toda su mercancía está podrida por la humedad del río.
El anciano estiró los dedos de su mano derecha, que estaban morados por la falta de circulación.
Los flexionó lentamente, uno a uno, escuchando el crujido de sus articulaciones cansadas.
—No pensaste en los detalles —continuó Mateo—. Tu padre siempre pensaba en los detalles.
Julián apretó los dientes. Miró la jeringa. El líquido verde relucía como una amenaza inútil entre sus dedos.
—Tengo la sustancia —dijo el joven, tratando de recuperar el tono amenazante—. Una sola gota en tu piel y tus pulmones se colapsarán en diez segundos.
—Pruébala —dijo Mateo.
El anciano tendió el brazo, exponiendo la palma de su mano abierta, despejada, arrugada como un mapa viejo.
—Pon una gota aquí. Vamos.
Julián se quedó paralizado.
La calma de Mateo era más pesada que la presencia de los dos hombres armados que permanecían rígidos a tres pasos de distancia.
—¿Por qué no la usas? —insistió Mateo—. Has estado hablando de esta dosis durante tres meses. Dijiste que limpiarías la ciudad con ella.
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El joven miró el líquido. Luego miró la mano abierta del abogado.
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