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El Sabor del Silencio / Chapter 7 / 10

Chapter 7 - El Eco de los Pasos

Las sirenas sonaban a lo lejos, un aullido metálico que rebotaba en las fachadas de ladrillo visto del barrio viejo.

El carro negro rodaba despacio por la calle mojada.

Las luces de los faros cortaban la niebla matutina, proyecando sombras largas contra los muros de la antigua destilería.

Mateo iba en el asiento trasero.

A su lado, Julián miraba por la ventanilla. Tenía la ventana entreabierta un par de centímetros; el aire helado le golpeaba el rostro, despeinándole el cabello rubio que antes llevaba pulcramente fijado con gomina.

En su regazo, el oso de peluche parecía dormir bajo la luz intermitente de los faros de la ciudad.

—¿Dónde está la policía? —preguntó Julián sin girarse.

—En la puerta principal —contestó Mateo—. Estarán buscando papeles que ya no existen.

—¿Los quemaste?

—Los entregué hace tres horas al fiscal de distrito.

Julián se giró despacio.

El rasguño de la aguja en su propio cuello se había vuelto una pequeña línea roja, casi invisible.

—Si entregaste los papeles, mi nombre está en ellos —dijo el joven.

—Tu nombre de antes —corregió Mateo—. El nombre que te dio tu padre cuando creía que serías su heredero en este negocio.

El auto giró a la izquierda, internándose en el puente de hierro que cruzaba el río turbio.

Bajo los pilares de piedra, el agua corría rápida, arrastrando ramas secas y basura de la ciudad.

Mateo sacó un sobre blanco del bolsillo de su abrigo.

No tenía sellos ni direcciones. Solo un nombre escrito con letra pequeña y apretada: Gabriel.

—A partir de hoy te llamas Gabriel —dijo Mateo, tendiéndole el sobre—. Hay un pasaporte adentro. Una visa de estudiante para una universidad del sur.

Julián miró el sobre. No lo tomó de inmediato.

—No quiero tu dinero, Mateo.

—No es mío —dijo el viejo abogado—. Es lo que quedó de la venta de los terrenos de tu madre. Tuve que esperar diez años para que el juzgado liberara la sucesión.

Julián tomó el sobre con dedos lentos.

El papel era grueso, mate, de esos que no dejan traslucir lo que hay en el interior.

—¿Y tú? —preguntó el joven—. ¿A dónde vas a ir cuando la policía descubra que los ayudaste a cerrar el muelle?

Mateo miró sus propias manos.

Los nudillos estaban desinflamados, pero la piel conservaba las marcas rojas que le había dejado la cuerda de esparto.

—Tengo un juicio a las nueve de la mañana —dijo Mateo—. Un caso de desalojo en el barrio obrero. Un anciano que no puede pagar la renta porque la pensión no le alcanza para la medicina de los ojos.

Julián soltó una pequeña risa amarga.

—Sigues defendiendo a los que no tienen con qué pagarte.

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—Son los únicos que dicen la verdad cuando están asustados —contestó Mateo.

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