Chapter 5 - El Sabor del Agua

Julián no movió el émbolo.
La jeringa comenzó a pesarle en los dedos como si estuviera hecha de plomo sólido.
—Es agua con colorante vegetal —dijo Mateo suavemente.
Un silencio glacial invadió la habitación.
El matón de la izquierda abrió la boca para decir algo, pero su compañero le tocó el brazo con un gesto rápido para que se callara.
Julián miró el tubo de cristal.
—No… no es verdad —murmuró—. La compré en el laboratorio de la terminal. Pagué cincuenta mil dólares por esta muestra.
—Le pagaste a Esteban —dijo Mateo, bajando la mano lentamente—. Esteban trabaja para mí desde antes de que tú aprendieras a escribir tu nombre.
El joven rubio retrocedió hasta que su espalda chocó contra la librería de caoba.
Un par de tomos con encuadernación de piel cayeron al suelo con un golpe sordo, levantando una pequeña nube de polvo gris.
—Me mentiste… —dijo Julián. Sus ojos se abrieron de golpe, desorbitados, llenos de un pánico infantil.
—Te salvé la vida —corrigió Mateo—. Si hubieras tenido una sola gota de la sustancia real en esa jeringa, esos dos hombres que están detrás de ti ya te habrían pegado un tiro en la nuca para quedarse con el frasco madre.
Julián giró la cabeza enredado en un movimiento torpe.
Los dos guardias no lo miraban a él. Miraban a Mateo.
Uno de ellos sacó lentamente una mano de la chaqueta. No llevaba un arma. Llevaba un sobre de papel kraft marrón, grueso, atado con una cuerda de hilo blanco.
El hombre caminó hacia Mateo y depositó el sobre sobre la mesa de cristal, al lado de la caja de música rota.
—El trabajo está hecho, Don Mateo —dijo el guardia de la chaqueta de cuero—. Los laboratorios del muelle siete están clausurados. La policía llegará en diez minutos.
Julián dejó caer la jeringa.
El tubo de plástico y cristal rodó por la alfombra hasta detenerse contra el zapato del anciano.
El líquido verde se derramó en una pequeña mancha inofensiva que olió ligeramente a menta y glucosa.
El joven rubio se dejó deslizar por la madera de la librería hasta quedar sentado en el suelo, con las piernas cruzadas y el oso de peluche apretado contra el estómago.
—¿Por qué? —preguntó Julián hacia el vacío—. ¿Por qué no me dejaste pudrirme en la cárcel como a los demás?
Mateo se levantó de la silla.
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Las rodillas le crepitaron por el esfuerzo. Caminó despacio hacia el joven y se arrodilló a su lado, ignorando el dolor punzante en la espalda.
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