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El Sabor del Silencio / Chapter 3 / 10

Chapter 3 - El Murmullo del Madera

El joven dio un paso atrás.

La jeringa bajó unos centímetros, apuntando ahora hacia el suelo de madera oscura.

Las dos sombras de la puerta intercambiaron una mirada rápida en la penumbra. Ninguno de los dos se atrevió a romper el silencio.

Julián miró la mesa de escritorio.

Una mole de caoba esculpida con gárgolas en las esquinas, cubierta por una capa fina de polvo.

Sus pasos fueron lentos, vacilantes. Sus zapatos de charol no hacían ruido sobre la alfombra.

Puso la mano izquierda sobre el tirador de bronce del segundo cajón.

El bronce estaba frío.

—Si hay una trampa aquí adentro, Mateo… —amenazó Julián sin girarse.

—Solo hay un juguete viejo —respondió el anciano.

El cajón se abrió con un gemido de madera reseca.

Julián metió la mano.

Sus dedos tropezaron con carpetas de papel paja, con llaves antiguas sin etiqueta, con frascos de tinta secos desde hacía décadas.

En el fondo, envuelto en una servilleta de tela manchada de té, había un bulto pequeño.

Lo sacó despacio.

Desenvolvió la tela con la mano que no sostenía la aguja verde.

El oso de peluche marrón apareció bajo la luz de la bombilla. Le faltaba la oreja izquierda. En el lugar del ojo izquierdo, un botón de cristal rojo brillaba débilmente.

Julián se quedó inmóvil.

La aguja verde que sostenía en la mano derecha empezó a temblar visiblemente.

—Él… él me dijo que lo había tirado al pozo —susurró Julián.

—Te lo dijo para que dejaras de buscarlo —explicó Mateo—. Creía que si olvidabas el oso, olvidarías la noche en que entraron los hombres del cartel a tu casa.

El joven rubio apretó el muñeco contra su saco negro.

El tejido desgastado del peluche contrastaba violentamente con la seda de su corbata.

—No cambió nada —dijo Julián, pero su voz ya no tenía el tono filoso de antes. Era la voz de un adolescente atrapado en un cuerpo demasiado grande—. Él los dejó entrar. Les abrió la puerta.

—Les abrió la puerta para que tú pudieras salir por la ventana del patio —dijo Mateo.

Julián miró al anciano.

La aguja verde volvió a subir, pero esta vez no apuntaba al cuello. Apuntaba directamente al pecho de Mateo, a la altura del corazón.

—Me dejó solo —dijo Julián—. Me dejó con ellos.

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—Yo estuve ahí, Julián. Yo te saqué del pozo de la carbonería a las seis de la mañana.

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