Chapter 8 - El Reloj de Bolsillo

El vehículo se detuvo junto a la estación de trenes del norte.
El humo de las locomotoras de vapor se mezclaba con la lluvia fina que empezaba a caer sobre las plataformas de hormigón.
El chofer apagó el motor.
El silencio dentro del coche se volvió denso, interrumpido solo por el golpeteo constante de las gotas de agua contra el techo de chapa.
Julián abrió la puerta de su lado.
El aire frío de la estación le golpeó el pecho, haciéndolo tiritar bajo su saco negro.
—Gabriel —llamó Mateo desde el fondo del asiento.
El joven se detuvo con un pie en el estribo del auto.
Mateo se llevó la mano al chaleco. Desenganchó la cadena de plata con un chasquido seco de las uñas.
Sacó el reloj de bolsillo de metal pulido.
El cristal estaba rayado en el centro, una marca antigua que cruzaba el dial blanco de doce a seis.
—Tómalo —dijo el anciano.
Julián miró el reloj.
—Es lo único que te dejó mi padre.
—Por eso te pertenece a ti —dijo Mateo—. Él me dijo que te lo diera el día que estuvieras listo para saber qué hora es.
El joven extendió la mano.
El metal del reloj estaba caliente por el contacto con el cuerpo de Mateo.
Al cerrarse la palma de la mano de Gabriel sobre el reloj, la cadena de plata colgó un instante en el aire como una gota de mercurio antes de caer dentro de su bolsillo.
—¿Cómo sabré si estoy listo? —preguntó Gabriel.
—Cuando no necesites mirar la hora para saber que es momento de volver a casa —dijo Mateo.
El joven bajó del vehículo.
Llevaba el oso de peluche metido bajo el brazo izquierdo y el sobre blanco apretado contra el pecho con la mano derecha.
Caminó hacia la escalinata de la estación sin mirar atrás.
Sus zapatos de charol dejaron huellas húmedas en el cemento frío hasta que la niebla de la plataforma lo tragó por completo.
El chofer miró por el retrovisor.
—¿Volvemos al despacho, Don Mateo?
El anciano miró por la ventanilla trasera. La estación de trenes se alejaba lentamente a medida que el auto ponía marcha atrás para salir del carril de servicio.
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—Al juzgado —dijo Mateo—. El juez no espera a nadie después de las ocho.
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