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El Sabor del Silencio / Chapter 2 / 10

Chapter 2 - La Cuerda Floja

Las cuerdas de esparto le cortaban la circulación en los antebrazos.

Estaban tensadas alrededor del respaldo de la silla de cuero, nudos ciegos hechos por hombres que sabían cómo inmovilizar a un cuerpo.

Julián volvió a acercar la jeringa.

Esta vez, el cristal rozó la mandíbula de Mateo.

—Las últimas palabras de los moribundos siempre son aburridas —dijo el joven rubio—. Todos piden perdón. Todos recuerdan a sus madres.

Mateo inspiró despacio.

El aire olía a moho, a cera de abejas vieja y al perfume dulzón de la sustancia verde.

Un aroma que le recordaba a los pasillos de los hospitales a las cuatro de la madrugada.

—No voy a pedirte perdón —dijo Mateo.

—Lo harás. Cuando el líquido llegue a tu cerebro, llorarás como un niño.

Julián puso el pulgar sobre el émbolo.

Mateo no miró la aguja. Miró la mancha de humedad en la esquina del techo, justo encima de la gran librería de roble.

Recordó el día que Julián cumplió siete años.

Un niño de rodillas sobre la alfombra turca de esa misma habitación, intentando pegar con pegamento blanco la oreja rota de un oso de peluche marrón.

El niño no lloraba. Solo repetía en voz baja: "Si lo aprieto mucho, no se nota la costura."

—Todavía guardas el oso —dijo Mateo.

Julián se detuvo.

La jeringa quedó inmóvil a milímetros de la piel del anciano.

—¿De qué hablas?

—En el segundo cajón de la mesa. Detrás de los libros de contabilidad.

El silencio volvió a caer sobre la estancia, espeso y pesado como una manta mojada.

Uno de los matones del fondo cambió el peso de su cuerpo de un pie a otro. El suelo de madera emitió un crujido seco.

Julián entornó los ojos. La luz cenital le marcaba profundas cuencas oscuras bajo las cejas.

—Ese oso está quemado.

—No —dijo Mateo—. Tu padre lo guardó. La noche que lo arrestaron, me pidió que no dejara que te lo quitaran.

Julián tragó saliva. Un movimiento leve en su garganta delató la fisura.

Sus dedos apretaron el cristal de la jeringa con tanta fuerza que la fina capa de vidrio crujió suavemente.

—Estás mintiendo para ganar tiempo —siseó el joven.

—Abre el cajón.

—¡Abre el cajón tú si puedes! —gritó Julián, perdiendo la compostura por primera vez.

La saliva del joven salpicó la mejilla de Mateo.

El anciano no se limpió. No podía. Sus manos seguían sujetando sus propias solapas, atadas firmemente al torso por la cuerda de esparto.

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—Si estuviera mintiendo —dijo Mateo—, no sabría que adentro tiene un canica roja en lugar de ojo izquierdo.

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