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LAS RAÍCES BAJO EL TABLADO / Chapter 1 / 10

Chapter 1 - La madera ruidosa

Las botas de ante amarillo sonaron sobre el pino oscuro.

Tres pasos.

Un crujido.

Y luego, aquel golpe.

Sordo.

Lento.

Desde abajo.

Sean se detuvo con el pie derecho suspendido en el aire. La suela de goma apenas rozaba la beta rugosa del suelo de la cabaña.

El jersey verde musgo le pesaba sobre los hombros. El tejido de lana picaba contra su cuello, caliente, espeso, cargado del aroma a resina seca y humo de pino.

A su izquierda, la chimenea de piedra gris escupía chispas naranjas contra la rejilla de hierro.

—Son los tubos de la caldera —dijo Elena.

Su voz no tenía temblor. Tenía algo peor: la liquidez de una mentira ensayada cien veces frente al espejo.

Elena alisó el pliegue de su vestido de lana beis. Su cinturón de cuero marrón crujió al apretarse contra su cintura.

Sus dedos, largos y pálidos, no tocaban nada. Se abren y se cierran al aire, como si buscaran la empuñadura de algo que no estaba allí.

Sean no la miró. Bajó la vista hacia sus propias botas.

Un segundo golpe.

Gol.

No era el tintineo del agua caliente dilatando el cobre. Era el impacto de algo blando, algo cubierto de tela, golpeando la madera dura desde la sombra.

—Las tuberías no tienen nudillos, Elena.

El sonido volvió a subir. Más rápido esta vez.

Un rascado sordo. El roce de unas uñas cortas contra el roble no barnizado.

Sean se agachó. El muslo le protestó con un chasquido de la articulación.

Extendió la mano izquierda. Apartó la mesa auxiliar de nogal con un solo tirón seco. El vaso de whisky que descansaba sobre la madera no se cayó, pero el líquido ambarino se derramó en una mancha redonda sobre la alfombra desgastada.

Elena dio un paso adelante. El tacón de su bota de cuero crujió contra la tarima.

—Sean. Déjalo.

Sus manos bajaron rápido, atrapando el aire cerca de la nuca de él.

No llegó a tocarlo. Sus uñas rozaron apenas las hebras de lana verde del jersey antes de volver a retraerse, como si el tejido estuviera al rojo vivo.

—Esta casa tiene casi ochenta años —murmuró ella. Su respiración olía a canela y a aire rancio—. Las vigas se asientan cuando baja la temperatura. Es solo el frío de la montaña.

En el centro del tablón liberado, entre dos vetas oscuras que parecían dos ojos fijos, brillaba una anilla de hierro.

Era pequeña. Estaba hundida en una muesca hecha a escoplo, negra por la pátina de la grasa y el polvo viejo.

Sean la tocó con la yema del dedo índice.

El metal estaba helado.

Un frío distinto al de la estancia. No era el frío de la noche de invierno que golpeaba los cristales de la cabaña, sino un frío húmedo, subterráneo, que traía consigo el olor a tierra mojada, a moho y a piel humana mal lavada.

—¿Qué es esto? —preguntó él.

Su voz no subió de volumen. Cayó un tono entero, rasposa, como si acabara de tragar arena.

Elena apretó los codos contra sus costillas. El cinturón de cuero crujió de nuevo.

—No abras eso —dijo ella.

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Un hilillo de polvo blanco subió desde la muesca cuando Sean metió los dedos bajo la anilla.

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