Chapter 3 - La penumbra de abajo

Del fondo del hueco emergió un rostro.
Cabello cano, peinado hacia atrás con una pulcritud maniática, sujetado en la nuca por una horquilla de plata.
Nora.
Llevaba una chaqueta de punto de color azul marino sobre una camisa de seda blanca. La camisa estaba planchada. No tenía una sola mancha de polvo, a pesar de estar a dos metros bajo el nivel del suelo.
Sus ojos, del mismo azul desvaído que los de Sean, parpadearon violentamente al recibir la luz de la estancia.
—Hace frío hoy arriba —dijo ella.
No había pánico en su voz. Solo una fragilidad estudiada, la misma que usaba cuando se le caía una taza de porcelana en las cenas de Navidad.
Detrás de ella, en la sombra más profunda de la cavidad, se divisó otra figura.
Un hombre alto, enjuto, sentado en una silla de anea.
Arthur.
Su padre vestía una bata de franela a cuadros oscuros y pantalones de vestir. Sobre sus rodillas descansaba un libro de tapas duras, abierto por la mitad.
El anciano no se levantó. Levantó la mano derecha dos centímetros para saludar, un gesto mínimo, aristocrático, antes de volver a bajarla sobre las páginas del libro.
—Tu madre te ha oído caminar desde las cuatro —dijo Arthur. Su voz retumbó en la pequeña cavidad como si hablara desde el fondo de un pozo seco—. Usas demasiado el talón derecho, Sean. Vas a deformar las botas.
Sean sintió que la cabeza le daba una vuelta completa.
El aire de la estancia se volvió de plomo.
Miró a su madre. Miró las manos de su madre, que ahora se apoyaban en el borde del suelo de pino, a escasos centímetros de sus propias botas de ante.
—Llevan muertos tres años —murmuró Sean.
Las palabras salieron de su boca sin fuerza, flotando como humo en el espacio helado entre el suelo y el techo.
—Tres años desde el accidente de tráfico en la ruta 9 —continuó él, mirando la horquilla de plata—. Fui al entierro. Cerré las cajas.
Nora sonrió. Fue una sonrisa pequeña, apenada, que apenas le arrugó la piel alrededor de la boca.
—Esa caja pesaba mucho porque estaba llena de sacos de arena, hijo —dijo la anciana.
Extendió un dedo y tocó la puntera de la bota de Sean.
El contacto fue leve. Real.
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—Elena nos trae el periódico los martes —añadió Nora, mirando de reojo hacia la figura que permanecía de pie tras de Sean—. Aunque últimamente las noticias son muy vulgares.
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