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LAS RAÍCES BAJO EL TABLADO / Chapter 5 / 10

Chapter 5 - La lógica de la sombra

Sean regresó al borde del pozo.

Se agachó de nuevo, apoyando los codos sobre sus rodillas.

Abajo, Nora se había sentado en el segundo peldaño de la escala de madera. Tenía las manos cruzadas sobre el regazo, como si estuviera esperando el autobús en una mañana de domingo.

—Mamá —dijo Sean—. Sal de ahí.

Nora miró hacia arriba. Ladeó la cabeza.

—¿A dónde vamos a ir, Sean?

—A la casa. Arriba. Conmigo.

Nora soltó una pequeña carcajada, un sonido seco como el crujido de las hojas de roble en otoño.

—Arriba hay demasiado espacio, hijo —dijo la mujer—. Las ventanas son muy grandes. El viento de la montaña hace ruidos raros por las noches. Aquí abajo no hay viento.

—Mamá, estás bajo el suelo.

—Aquí abajo tu padre no bebe —continuó ella, como si no lo hubiera oído—. Elena le trae limonada sin azúcar. Y nos deja leer hasta tarde porque la luz de la bombilla no gasta casi nada.

Sean bajó la vista hacia las manos de su madre.

Naranjas. Manchadas de tierra en los pliegues de las falanges.

—¿Desde cuándo? —preguntó Sean.

Arthur habló desde el fondo, pasando la página de su libro con un chasquido seco.

—Desde el martes después de tu cumpleaños, Sean. Viniste a vernos. Trajiste esa tarta de frambuesa que no le gusta a tu madre. Te fuiste a las cinco. A las seis, Elena vino con la camioneta.

—Me dijeron que habíais tenido un accidente en la curva del río —dijo Sean.

—El coche está en el fondo del desguace de San Pedro —dijo Arthur con indiferencia—. Elena pagó dos mil dólares al chico de la grúa para que no hiciera preguntas. Un trabajo muy limpio. El chico se compró una moto roja.

Sean se llevó las manos a la cara.

La lana de sus mangas le raspó la piel de las mejillas. Olía a humo. Todo olía a humo.

—¿Por qué no me llamasteis? —susurró él a través de sus dedos.

—Porque habrías llorado —dijo Nora sencillamente—. Tú siempre lloras cuando las cosas se rompen, Sean. Como cuando se le cayó la oreja a tu oso de trapo. Tardaste tres días en comer.

La anciana extendió el brazo y rozó el borde del pantalón vaquero de su hijo.

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—Elena no llora. Ella solo hace los números.

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