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LAS RAÍCES BAJO EL TABLADO / Chapter 6 / 10

Chapter 6 - El peso de las mantas

Sean se levantó despacio.

Las botas le pesaban como si estuvieran llenas de plomo fundido.

Se volvió hacia Elena. Ella permanecía inmóvil junto a la puerta, pero su postura había cambiado. Ya no estaba a la defensiva. Sus hombros se habían relajado, cayendo hacia adelante en una postura de cansancio infinito.

—Voy a llamar a la policía —dijo Sean.

Sacó el teléfono móvil del bolsillo trasero de sus vaqueros.

La pantalla brilló con un resplandor azulado y frío en medio de la penumbra de la cabaña.

Elena no se movió. No intentó quitarle el teléfono.

—Diles que vengan —dijo ella en voz baja—. Diles que vengan y que miren el registro de la propiedad.

Sean se detuvo con el pulgar sobre la pantalla.

—¿De qué hablas?

—Esta cabaña no es tuya, Sean. Nunca lo fue.

Elena dio dos pasos hacia el centro de la habitación. El cinturón de cuero ya no crujía; su respiración se había vuelto lenta, pesada.

—Tu padre la hipotecó dos veces antes de que nos conociéramos. La casa estaba en venta judicial. Yo pagué la deuda con el dinero de mi herencia. La puse a mi nombre.

Se señaló a sí misma con la punta del índice.

—Yo mantengo la estructura. Yo pago la leña. Yo pago la comida que baja por esa trampilla tres veces al día.

—Es un secuestro —dijo él.

—Es una pensión —corrigió ella—. Si la policía viene, se los llevarán a un centro estatal en la frontera. ¿Sabe cómo son esos sitios, Sean? ¿Has estado alguna vez en la planta tercera del hospital de San Pedro?

Sean no respondió.

—Huele a lejía y a pis seco —siguió Elena, avanzando otro paso—. Los atan a las camas a las ocho de la tarde para que no se caigan. Les quitan los libros porque dicen que las páginas cortan.

Desde el agujero, la voz de Arthur subió, esta vez más baja, con un tinte de impaciencia:

—Elena, se ha apagado la estufa de abajo. Hace corriente.

—Ya voy, Arthur —respondió ella sin quitarle los ojos de encima a Sean.

—Tienen que salir de ahí —dijo Sean, pero su voz ya no tenía el filo de antes.

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Era una súplica. Una súplica pequeña que se perdió entre las vigas de madera negra del techo.

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