Chapter 4 - La cuerda tensa

Sean se puso en pie de un solo salto.
El movimiento fue tan repentino que la trampilla de madera osciló sobre sus bisagras.
Se giró hacia Elena.
Ella no había intentado huir. Estaba pegada al marco de la puerta que daba al pasillo, con la espalda apoyada contra la madera oscura.
Sus manos ya no jugaban con el vestido. Estaban caídas a los lados de su cuerpo, rígidas, con los dedos abiertos como garras contra la pared.
—Tú —dijo él.
Elena tragó saliva. Se le marcó el tendón del cuello bajo la piel pálida.
—Sean, escucha.
—¿Qué hay ahí abajo? —gritó él. La voz se le rompió en la última sílaba, dejando al desnudo una nota agudo, casi infantil—. ¿Qué es esto?
Desde la abertura, la voz de Arthur subió con la calma de un conferenciante:
—No le grites a la muchacha, Sean. Es muy educada. Nos trae la medicina para la tensión a su hora exacta. Nunca se le olvida el agua tibia.
Sean dio tres pasos hacia Elena.
Cada taconazo de sus botas sonó como un disparo dentro de la cabaña.
Se detuvo a medio metro de ella. Podía oler su perfume: lavanda y el sudor frío de la piel que sabe que ha sido descubierta.
—Dijiste que habías vendido la casa de la ciudad para pagar sus deudas —dijo Sean, señalando con un dedo tembloroso hacia el agujero del suelo—. Dijiste que no quedó nada. Ni las cenizas.
Elena no bajó los ojos. Sus pupilas estaban dilatadas, casi negras, devorando el azul de sus iris.
—No quedó nada —dijo ella.
—¡Están ahí abajo!
—¡Porque tú no podías mantenerlos! —estalló ella por primera vez.
Su voz no fue un grito agudo, sino un siseo bajo, cargado de rabia vieja.
—Tú estabas en la costa, Sean. Con tus viajes, con tus mapas, con tu vida perfecta. ¿Sabes lo que cuesta una residencia para dos personas que ya no recuerdan cómo se usa un tenedor?
Se dio un golpe seco en el pecho con el puño cerrado. El impacto sonó ahogado contra la lana del vestido beis.
—Seis mil al mes. Seis mil que tú no tenías. Que tu padre se había gastado en caballos antes de que tú cumplieras los veinte.
—Así que los metiste en un hoyo.
—Les construí un espacio —corrigió ella, con los labios apretados hasta quedarse blancos—. Tienen luz eléctrica. Tienen calefacción radiante por tubos. Tienen sus libros.
—Es un foso, Elena.
—Es donde no molestan —dijo ella.
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El silencio volvió a caer sobre la estancia, interrumpido únicamente por el chisporroteo de la chimenea que comenzaba a consumirse.
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