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LAS RAÍCES BAJO EL TABLADO / Chapter 2 / 10

Chapter 2 - El tirador de hierro

La anilla cedió con un chasquido metálico que pareció cortar el aire de la habitación.

El vello de los brazos de Sean se erizó bajo la lana del jersey.

—Sean, por favor —repetía ella, sin moverse del sitio.

Sus pies, calzados con aquellas botas altas de color avellana, permanecían fijos sobre la alfombra, pero su cuerpo se inclinaba hacia atrás, como si una corriente de aire invisible la estuviera empujando hacia la salida.

Sean no la escuchó.

Metió cuatro dedos por el ojo de hierro. Tiró hacia arriba.

La madera crujió. Una junta de ceniza y serrín acumulado durante años se rompió con el sonido de una tela rasgándose de arriba abajo.

El trampantojo se elevó cinco centímetros.

Una ráfaga de aire salió del hueco.

Olía a sótano. Olía a patatas pudriéndose en la oscuridad. Olía a alcohol antiséptico y a lana húmeda.

Sean tiró más fuerte. La bisagra de hierro fundido, oxidada y chirriante, protestó con un gemido largo que hizo vibrar las vigas del techo.

La trampilla quedó abierta, apoyada contra el borde del sofás.

El hueco era negro. Una negrura densa, casi sólida, que devoró la luz dorada de la chimenea.

—¿Hola? —dijo Sean.

Su propia palabra cayó al pozo sin rebotar.

Elena retrocedió dos pasos. Sus dedos se engancharon en los pliegues de su vestido beis, arrugando la tela fina a la altura de los muslos.

Desde el fondo de la penumbra, una forma se movió.

No era una rata. No era un animal del bosque que hubiera buscado refugio bajo los cimientos.

Era una mano.

Una mano anciana, de nudillos abultados y piel fina como el papel de fumar, cubierta de manchas solares de color café.

La mano subió lentamente hacia el marco de luz. Se agarró al primer peldaño de la escala de madera empotrada en la pared de piedra.

Tenía las uñas perfectamente cortadas. Límpias.

Llevaba un anillo de oro desgastado en el anular izquierdo. El metal brilló un segundo bajo la luz de la lámpara del techo.

—Sean... —dijo una voz desde abajo.

Era una voz cascada. Agrietada por la falta de uso, pero fina, elegante, con la pronunciación pausada de quien ha pasado la vida hablando en salones con alfombras gruesas.

Sean se quedó inmóvil, apoyado sobre una rodilla.

El ante de su bota derecha se hundió en la muesca del suelo.

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—¿Mamá?

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