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Nunca Fue Tuyo / Chapter 1 / 10

Chapter 1 - El sobre azul

Mia tiene ocho años.

Y una manía: cuenta los escalones del estudio cada vez que sube.

Catorce.

Siempre catorce.

Hoy los cuenta dos veces, porque las manos le tiemblan y el número se le escapa entre los dedos como agua.

Lleva el pelo recogido con un solo elástico rosa, el bueno, el que no se rompe.

Su mamá se lo ató esta mañana, antes de irse al turno de noche, con los ojos rojos de sueño y los dedos oliendo a detergente de hospital.

—Baila para ti, mija —le dijo—. No para el papel.

Mia no entendió del todo.

Pero asintió, porque asentir es más fácil que preguntar.

El estudio huele a madera vieja y a talco.

Huele, también, a nervios: un olor que Mia no sabría nombrar, pero que reconoce en la garganta seca de las otras niñas, en las manos que se frotan contra las mallas, en los pies que no dejan de moverse aunque estén quietos.

Sobre la pared del pasillo hay un cartel.

AUDICIONES — COMPAÑÍA JUVENIL — UN SOLO LUGAR.

Un solo lugar.

Mia lo ha leído tantas veces que ya no necesita mirarlo para saber dónde está cada letra.

Al fondo del pasillo, sentada en el suelo con las piernas cruzadas, está Dani.

Diecisiete años.

Trenzas largas recogidas en una sola coleta alta, sudadera gris con cierre, jeans anchos color grafito, zapatillas negras con blanco gastadas en la punta.

Dani no es su hermana.

Es su prima, aunque Mia, desde los cuatro años, solo le dice "Dani" y punto, sin apellido, sin etiqueta, porque las etiquetas sobran cuando alguien te cepilla el pelo todas las mañanas.

—¿Estás lista? —pregunta Dani, sin levantar la vista del teléfono.

—Conté los escalones dos veces.

—Eso es mala señal o buena señal. Nunca me acuerdo cuál.

Mia sonríe, apenas, con la boca cerrada, porque tiene un diente flojo y no quiere que se le caiga aquí, ahora, delante de todas.

Dani guarda el teléfono en el bolsillo de la sudadera.

Se pone de pie.

Le acomoda a Mia un mechón de pelo detrás de la oreja, un gesto rápido, automático, repetido tantas veces que ya no necesita mirar para hacerlo bien.

—Vas a entrar ahí —dice Dani—, y vas a hacer exactamente lo que hiciste anoche en la cocina. Nada más.

—¿Y si me equivoco?

—Entonces te vas a equivocar bien bonito.

Mia se ríe, esta vez con el diente flojo asomando, sin que le importe.

Detrás de ellas, la puerta del salón principal se abre.

Sale una mujer con un portapapeles, tacones altos que resuenan como aplausos lentos sobre el piso de madera.

—Torres, Mia —lee, sin mirar a nadie en particular—. Es tu turno.

Mia aprieta la mano de Dani.

Dani la aprieta de vuelta, dos veces, un código que inventaron hace años y que significa: aquí estoy.

El salón principal tiene espejos en las cuatro paredes.

Mia se ve multiplicada, repetida hasta el infinito, ocho niñas idénticas mirándola desde todos los ángulos.

En el centro, sentada frente a una mesa larga, está el jurado: tres personas.

Una de ellas es Vivian Voss.

Mia no la conoce todavía, no como la conocerá después, no como la nombrará en sus pesadillas.

Solo la ve como una señora de traje beige, con un anillo que brilla más que las luces del techo, escribiendo algo en una hoja antes incluso de que la música empiece.

La música empieza.

Mia respira.

Cuenta hasta cuatro, como le enseñó Dani.

Y entonces baila.

No piensa en el jurado.

No piensa en el sobre azul que le entregarán después, con un sí o con un no adentro.

Piensa en la cocina de anoche, en el radio viejo sonando bajito para no despertar a mamá, en Dani sentada en la mesa marcando el ritmo con los nudillos.

Piensa en eso.

Y sus pies, por un momento, dejan de pertenecerle a ella y empiezan a pertenecer solamente a la música.

Cuando termina, hay silencio.

Un silencio raro, el que se hace después de algo que sale bien.

Una de las tres personas del jurado —un hombre mayor, de barba blanca— sonríe y anota algo.

Vivian Voss no sonríe.

Vivian Voss mira su reloj.

Mia hace la reverencia que le enseñaron, la mano en el pecho, la cabeza inclinada, y sale del salón con las piernas temblando de una forma que no tiene nada que ver con el cansancio.

Afuera, Dani la espera con los brazos cruzados.

—¿Y? —pregunta.

—Creo que estuvo bien.

—¿Solo bien?

—Estuvo perfecto —dice Mia, y esta vez el diente flojo se cae, justo ahí, en medio del pasillo, y las dos se ríen tanto que una de las madres que espera en las sillas plegables les hace shh con el dedo en los labios.

Dani guarda el diente en el bolsillo de la sudadera, junto al teléfono, como si fuera lo más importante que ha tocado en todo el día.

—Los resultados salen el viernes —dice—. Pegados en esa pared.

Señala el cartel, el mismo que Mia ya se sabe de memoria.

—¿Y si no queda?

—Entonces vamos por un helado y planeamos la revancha.

—¿Y si queda?

Dani se agacha, hasta quedar a la altura de los ojos de Mia.

—Entonces también vamos por un helado.

Mia no sabe, todavía, que esa semana el sobre azul que tiene su nombre va a cambiar de color en algún escritorio que ella nunca va a ver.

No sabe que hay papeles que se reescriben con la misma facilidad con la que se dobla un mantel.

No sabe, tampoco, que Dani —que ahora la lleva de la mano hacia la calle, hacia el sol de las cinco de la tarde, hacia el olor a pan de la panadería de la esquina— alguna vez tuvo su propio sobre azul.

Y que lo perdió.

Y que jamás se lo contó a nadie, ni siquiera a Mia, ni siquiera en las noches en que el silencio de la casa se hace tan grande que parece que va a tragárselas a las dos.

Eso vendrá después.

Por ahora, hay un diente de leche en un bolsillo, un helado de vainilla partido a la mitad, y una promesa que ninguna de las dos dice en voz alta:

Pase lo que pase el viernes, van a estar bien.

El viernes, sin embargo, todavía no ha llegado.

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Y el viernes, como descubrirán pronto, guarda un papel que no debería existir.

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